Ansiedad.

sendaii

Te ahogas, te falta el aire. Angustia, se te nubla la vista. Piensas que vas a morir. Das otra bocanada, parece que respiras un poco mejor. Te sudan las manos. Te late el corazón en el pecho tan fuerte que piensas que se te va a salir, o se te va a parar. Te mareas, te falla la coordinación. Es inminente.

Te relajas.

Todo pasó.

Que miedo da vivir con ansiedad, que gran molestia. Me declaro una persona que ha superado (al menos parcialmente) la ansiedad crónica. Una gran parte de la población experimenta o experimentará esta sensación al menos una vez en su vida, aunque puede que no a estos niveles. Este breve texto es acerca de cómo casi superé dicha molestia.

Todo comenzó en un viaje que hice a Alemania hace varios años. Recuerdo que nada más aterrizar en la ciudad fui a casa de mi amigo, al que había ido a  ver, y estuvimos tomando unas cervezas y jugando a la consola un buen rato. Sin venir a cuento empecé a sentirme agobiado, me daban calores, me faltaba el aire, sentía angustia y una sensación de muerte inminente inexplicable. Así que me levanté y le dije: me voy a la cama, estoy cansado. Él se quedó algo extrañado de tan repentina situación pero me dijo que vale, que nos veíamos al día siguiente.

En la soledad de mi habitación empecé a darle vueltas al tema, ¿Qué podría ser? ¿Alguna afección cardíaca? El caso es que decidí esperar a ver que sucedía, para mi consuelo mi amigo vivía justo al lado del hospital. Al día siguiente fue peor. Empecé a notarme unos “saltos” en el corazón que posteriormente el médico confirmaría como perfectamente normales, pero suficientes para estar preocupado permanentemente. 19 días para volver de Alemania, empezaba la cuenta atrás.

Cada día me levantaba y no me apetecía para nada salir de mi “santuario”. Llamo “santuario” al sitio donde me siento algo más seguro, donde me siento protegido. Si tengo que irme de viaje acabo haciendo ese “santuario” donde si tengo un ataque me acabo refugiando hasta que se me pasa. En este caso era el dormitorio. Aún así salía a la calle, visitaba la ciudad, quedaba con los amigos de mi amigo y pasábamos buenos ratos, pero esa molestia en el pectoral izquierdo, esos saltos en el corazón, esa sensación… Me hacía contar los días hacia atrás en lugar de disfrutar.

A 6 días de irme tuve la “suerte” de que me llamasen del trabajo, que tenía que volver antes por una reunión “ya tengo excusa” así que superé mi miedo a volar en avión debido a este otro miedo, pero esa ya es otra historia. Una vez en mi ciudad natal fui al médico y le expliqué las molestias. Me diagnosticaron extrasístoles (pequeños desfases en algunos latidos del corazón, que parecen saltos, nada grave en mi caso) y un desgarro muscular en el pectoral debido a algún esfuerzo (que fue llevar la maleta) Así que estuve en rehabilitación por lo segundo durante el resto del verano.

Me fui a la playa 3 semanas, lejos de los hospitales, de nuevo comenzaba el miedo. Apenas me atrevía a salir para ir al pueblo más cercano a la rehabilitación del músculo, pero llegué a la conclusión de que iba porque la clínica estaba al lado del centro de salud. Pasé todo un verano buscando donde estaban los puestos de ambulancias, los socorristas y toda clases de médicos por si me pasaba algo. Me di cuenta de que me estaba volviendo loco, perdí un verano en auto-enfermarme.

A la vuelta del mismo fui al cardiólogo a descartar toda posibilidad, me quedé algo más tranquilo. Los dolores persistían. Fui a varios médicos y especialistas, me estuvieron tratando 6 meses con pastillas, me aliviaban pero seguía sin poder hacer vida normal. Me volvió la ansiedad, fui al médico y me quiso recetar relajantes… Ahí fue cuando tomé cartas en el asunto.

Soy una persona que odia medicarse, simplemente no me gusta. Soy capaz de tener dolores y no tomar nada hasta que se me pasen solos o sean insoportables. Así que tomé la determinación de plantarle cara a la ansiedad yo solo con mi terapia preferida, la inundación. Empecé a hacer todo aquello que iba en contra de mis “manías” cosa que me costó muchísimo, es lo más duro que hice en mi vida.

Empecé a salir de mis santuarios, a intentar relajarme cuando tenía una crisis y a hacer como que nada pasaba, aunque al principio mis amigos (los cuales ninguno sabe que he tenido ansiedad, o eso creo) me lo notaban, pero con el tiempo fui mejorando. Fui al cardiólogo de nuevo para poder relajarme, me hizo bastantes pruebas y determinó que no me pasaba nada en el corazón. Así que comencé a hacer lo que más miedo me daba, excitar al corazón. Me apunté de nuevo a hacer deporte intenso, aunque había engordado previamente casi 30 kilos, por lo que me costó arrancar.

Empecé a superarlo. Cada vez tenía menos crisis… hasta el 31 de diciembre. Ese día durante la cena me empezó un dolor en el pectoral que terminaría conmigo en pánico en el sofá y mi familia atendiéndome en lugar de disfrutar, me duró 30 minutos, luego me fui de fiesta, nada debía detenerme en mi rehabilitación. Decidí dejar las pastillas contra el dolor, busqué un fisioterapeuta y me quité de algunos caprichos para poder pagármelo, a día de hoy todavía le doy las gracias cuando nos vemos una vez al mes, antes tenía una sesión a la semana.

Me cambió la vida, ahora sin excusas para tener crisis de ansiedad, sin santuarios, sin manías raras… Volvía casi a ser yo, aunque era solo el principio. No me curaría del todo (aunque es algo que no se cura del todo, creo yo) hasta este verano pasado, 3 años más tarde de cuando empecé con ésto, que me armé con todo mi valor y me fui durante 2 meses a un país extranjero, en el que nadie me conocía ni yo conocía a nadie, en el que no hablaba el idioma, pero que siempre había querido visitar. Mi experiencia en Japón cambió mi vida para bien.

Sin más os animo, a todos aquellos que os habéis sentido identficados, no sucumbais al miedo. Plantadle cara, no limiteis vuestras vidas, no os pasa nada, estais bien y no estais solos.

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