Abres los ojos y respiras. Otra mañana más, aunque ésta está nublada. Resoplas mientras miras a través del cristal moteado por las gotas de la tormenta de anoche y piensas que por qué deberías levantarte de la cama, no ves la razón. Una fuerza superior a ti, algo que no puedes controlar, empieza a hacer de las suyas, se adueña de tu mente y te impide moverte. Una voz al fondo de tu pensamiento te susurra que no le hagas caso, que te levantes, que avances, que sigas con tu vida. Pero no puedes, hoy no al menos.

Gota a gota, empieza a llover de nuevo, aunque sigues pegado como una lapa al colchón. Suena tu teléfono móvil, es tu jefe, estás despedido; no te importa. Sigues mirando al techo, blanco y perfecto, recto y sin manchas, y te preguntas si tu alma estará así, o por el contrario está como el clima: negro, uniforme, lluvioso y atormentado. No sabes muy bien que debes hacer, solo piensas en como empezó todo, con un adiós. Como todas las historias dramáticas, el adiós lo empieza y lo acaba todo. Te amargas más todavía.

Vibra tu teléfono de nuevo, es una notificación de las redes sociales. La abres y la ves a ella, con su vida rehecha, con nada de lo que entristecerse, pero tú llevas casi un mes destrozado, sumiéndote en tu espiral de destrucción. Llevas sin ducharte una semana, los platos se acumulan en el fregadero, apenas te queda comida, pero te da igual. Solo esperas a que el tiempo avance, a que cicatricen tus heridas, piensas que el tiempo actúa solo, que ya se pasará; pero a veces no se pasa.

 

Abres los ojos y respiras. Una nueva mañana surge ante ti, nublada como ayer pero con un olor diferente. Mientras te incorporas miras a través del cristal, moteado por la tormenta de anoche y piensas que te encantan los días lluviosos, que te inspiran para escribir, te levantas de la cama con ánimo, aunque en tu mente una voz al final te susurre que no lo hagas, que para qué. Pero tú quieres seguir con tu vida, hoy claro que puedes.

Gota a gota, el baño se inunda con el delicioso olor de la tierra mojada. Después de un zumo y de ponerte tu corbata preferida vas a trabajar. Saludas a tu jefe que te devuelve el saludo, y te recuerda que aún tienes una semana de vacaciones por reclamar, la vida te sonríe. En tu despacho miras al monitor, a tus papeles, y pierdes unos segundos el hilo de trabajo al quedarte mirando el cristal que da al pasillo. Un cristal transparente, puro, sin manchas. Te preguntas si realmente tú eres así, como ese cristal, si tu alma es pura y transparente, y sonríes, porque sabes la respuesta. Te viene a la mente que todo empezó con un adiós, tu nueva vida, tu cambio radical. Que con un adiós siempre se llora, pero luego deben quedar los buenos recuerdos. Esperas que le vaya todo bien.

En el descanso le echas un ojo a las redes sociales mientras comentas con tu amigo el capítulo de la serie que viste anoche. La ves a ella, poniendo entradas depresivas, te preguntas si estará bien. Acaba tu jornada laboral, vas al supermercado y compras algo de pan, un poco de pollo, limones y patatas, te mereces comer lo que más te gusta, otro día bien hecho. Mientras se calienta el horno agarras tu esterilla y entrenas un poco, sabes que el deporte viene bien para todo, incluso para el ánimo. Te duchas, cenas ese pollo al limón con patatas y piensas que te gustaría no estar cenando solo, que ojalá estuviese ahí ella. Agitas tu cabeza, es el pasado, sonríes por los buenos recuerdos, el tiempo lo cura todo, ya se pasará.

Un comentario en “Las dos caras de la moneda.

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