“-¿Y debo saltar?

-Sí, no tengas miedo.

-Pero no veo el suelo desde aquí. ¿Está muy alto? ¿Y si me hago daño?

-Esas preguntas que te vienen a la mente son solo el reflejo de tu miedo. ¿Y si abajo está todo lo que siempre has querido? El riesgo de no arriesgarse siempre será peor que el recuerdo de no haberse atrevido.

-Vale, pero ayúdame con la caída.

-Siempre. “

                                                                                          -El último tren a París, Miguel Sendai.

 

Sentado en la parada del autobús, mientras sigue lloviendo a raudales, soy victima del tiempo que se para. Me viene a la cabeza la metáfora que en ese momento está siendo mi realidad, la de estar esperando un autobús que no puedo dejar pasar, un autobús determinado que me llevará al lugar al que “quiero” llegar. A esa meta que quiero conseguir, a la que mi mente va dirigiendo todas mis acciones; pero que también va rechazando muchas oportunidades. Se cierra hermética, visión de túnel, es traicionera.

No contempla el autostop por desconfianza, no quiere que sufra el daño que me pueda hacer un desconocido. Tampoco piensa en caminar, llegaría mojado y tarde. ¿Un taxi? Demasiado caro para algo que tampoco merece la pena. Y otras muchas ideas de desplazamiento que se me ocurren ahora que voy obligándola a plantearse nuevas opciones, nuevos caminos. Se va abriendo poco a poco, el túnel tiene ventanas.

Y sí, hablo de la mente como si fuese una segunda persona. A todos nos ha llegado alguna vez el momento en el que el miedo toma el control de nuestro cuerpo y nos impide avanzar, nos paralizamos. No es necesario que pase como en las películas, que sucede algo que puede atentar contra la vida del personaje y se queda físicamente paralizado, no, esto sucede en nuestro interior. Cuando vamos a tener que tomar ciertas decisiones siempre se abrirá un abanico, y por lo general nuestra mente tenderá a elegir la opción menos arriesgada. Parálisis.

Si dominamos a nuestra mente, ésto cambia de manera radical.

El miedo no es real. Es algo que sucede como mecanismo de defensa y que se activa en las situaciones peligrosas, pero la mente que vaga libre activa el mecanismo de defensa en situaciones que no suponen peligro alguno para nosotros. Si te dejas dominar por ella… mal asunto. Sucede que dejaremos de tomar decisiones, solo nos moveremos por el camino “fácil” y nunca seremos capaces de avanzar en nuestras vidas. Debemos ser dueños de nuestra mente, y no al revés.

Se dice que “El que no arriesga no gana” pero personalmente prefiero decir que el riesgo de no arriesgarse siempre será peor que el recuerdo de no haberse atrevido, frase que fui acuñando estos últimos días mientras escribía “El último tren a París” y gracias a un conjunto de charlas con uno de mis maestros.

Y la vida es así. Decenas de recuerdos que tenemos de no haber hecho algo y arrepentirnos eternamente. Ese chico o chica que conociste y nunca te atreviste a hablarle, ese trabajo que considerabas demasiado duro y nunca aceptaste, esa fiesta a la que nunca fuiste, ese proyecto que nunca llegaste a terminar… Piedras en la mochila que nos ayudan a no olvidarnos, a no olvidar que la vergüenza momentánea que sentimos al hablarle es mejor que el recuerdo de no haberlo hecho, que las horas trabajadas son largas pero más largo es el arrepentimiento eterno etc. Que sin acción no existe nada, que si no llegas tú lo hará otra persona.

El autobús está llegando ahora mismo, y me voy a montar, pero curiosamente no se abre la puerta, fuera de servicio. Más ironías de la vida, la de la espera de algo que te va a llevar a donde quieres y resulta que no funciona. Por lo menos ahora veo que mojarse tampoco es tan grave, y que lo que iba a hacer quizás sea más importante de lo que creía. Hasta aquí la reflexión de hoy. Os dejo, que se me moja el teléfono.

Me voy dando un paseo.

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