Imagínate a una persona que conduce por una carretera perdida, sabe a donde quiere ir pero no tiene muy claro cómo llegar. Va en un coche cuyo modelo desconoce, no sabe cuánta gasolina tiene o ni siquiera si tiene navegador, pero va conduciendo seguro y tampoco se lo pregunta. Atento a la carretera, escudriñando en el oscuro horizonte, el cual apenas está iluminado por los focos del vehículo. No sabe cómo ha llegado allí, no recuerda haberse subido en ese automóvil, ni siquiera recuerda tener un automóvil. Aunque va feliz, o eso piensa.

En los laterales de la carretera va viendo autoestopistas, algunos coches averiados, y de vez en cuando se para a ayudar a alguno, o recoge a alguien que le acompaña durante un rato, aunque realmente nadie parece saber a dónde va o de dónde viene. La mayoría de personas, de hecho, están paradas junto a su vehículo o lloran en mitad de ninguna parte…  apenas nadie se para a ayudarles, o a preguntarles que qué les sucede.

Mientras empieza a plantearse el por qué hay tanta gente en esa situación, el coche empieza a hacer un sonido extraño y va notando como poco a poco se va quedando sin fuerza, hasta que no le queda más remedio que aparcar en el arcén. Abre el capó pero no entiende nada, solo ve un entresijo de tubos que van hacia todas partes y ninguno coherente. Entonces empieza a rebuscar entre sus cosas buscando el teléfono inútilmente, está sin batería. Mira en todas las direcciones y no ve nada cerca: ni gasolineras o estaciones de servicio, ni talleres… y, aunque van pasando coches, ninguno se para a socorrerlo.

Decenas de opciones se abren como un abanico ante él. ¿Qué harías tú?

Nuestro protagonista, al que vamos a llamar Josema, tras mirar sin sentido durante un rato todo lo que lleva en el coche y que no puede cargar, opta por sacar un libro del maletero, una pequeña linterna, algunas fotos y su cartera. De alguna manera sabe que nunca volverá allí. Decide pues que, si nadie se detiene a ayudarle, él debe ir en busca de la ayuda o en busca de su destino, ya que debe de llegar a algún lugar que aún desconoce. Siguiendo la carretera, comienza a caminar en la oscuridad. Tras encender la pequeña linterna que le permite no tropezar con piedras o caer en socavones,  va buscando con ahínco alguna señal que le muestre dónde se encuentra, pero solo recibe negrura y frío. Pasan los kilómetros y se le cansa la vista, no tiene ganas de seguir caminando sin rumbo, pero sabe que parándose tampoco conseguirá nada, así que prosigue su marcha.

Al rato empieza a escuchar un sonido, algo a lo lejos llama su atención. Josema, intrigado, camina saliéndose del camino con la linterna en la mano, buscando entre lo que parece ser un campo de centeno puesto que empieza a sospechar que aquel sonido es más un gemido, quizás alguien necesite ayuda. Sigue caminando hasta que tropieza, al alumbrar el obstáculo se da cuenta de que es una pierna, ve que una persona llora amargamente tumbada en el suelo. Le pregunta que qué le sucede, que por qué no continúa su marcha. El desconocido le contesta: mi mochila no me deja avanzar, pesa demasiado. Por más que Josema le dice que debe de dejar el peso para continuar por su senda, el desconocido se niega, le reprocha que cómo va a dejar tantas cosas “importantes” atrás. Para nuestro protagonista aquello carece de sentido, ¿Qué cosa material puede ser más importante que la vida misma? Al ver que no es capaz de hacerle entrar en razón vuelve al camino y continúa su periplo.

Mientras avanza va meditando sobre su encuentro, “¡Qué de gente carga con el pasado, cuánto daño hace en sus espaldas y qué pesado se hace el camino!” De alguna manera recuerda aquella vieja caja que dejó en su coche, la que contiene gran parte de los momentos más felices de su vida: un álbum de fotos, una espada de madera, flores, ropa, entradas de cine y de teatro… y le abruma el deseo de volver a por ella, de que cualquier tiempo pasado es mejor que perderse en la oscuridad. En el momento en el que va a dar un paso hacia atrás recuerda al hombre de hace un rato, aplastado por el pasado, y aprende que lo bonito es lo que queda en el recuerdo para siempre, y no en los hombros.

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