Paso a paso va siguiendo la línea continua de la mediana. Mientras se mira los zapatos recuerda la historia de un caminante que le contaba su padre, de un hombre que intentaba siempre llegar al horizonte y que  cuando lo conseguía se daba cuenta de que más allá de esa línea había otra. Sumido en el recuerdo Josema no se percata de que puede vislumbrar ya un horizonte en lo alto de una pequeña curva que hace la carretera, indudablemente está empezando a clarear.

En un banquito verde de metal un poco más adelante alcanza a ver a alguien sentado que come un sandwich. Inquieto por ver qué clase de persona le aguarda apresura el paso hasta que llega allí. El desconocido, sorprendido y alegre, se levantó para recibirle animoso mientras se esforzaba por tragar el bocado que acababa de darle a su tentempié. Josema le muestra las palmas de sus manos mientras le dice que esté tranquilo y trague, que no hay prisa. Tras dar un buen trago a una pequeña cantimplora, el desconocido, ataviado como un intrépido explorador o viajero, le saluda alegremente y le ofrece un trago de agua que Josema acepta de buena gana. Luego se sienta con él en el banco, junto a una mochila grande de viaje que lleva anexa una esterilla y un bastón de trekking o de montañismo.  

-Me llamo Alberto. ¡Estoy encantado de ver por fin a una persona normal!. Hacía tiempo que no me cruzaba con una… ¿Y tú? ¿Quién eres? -Le dice con vigor.

-Yo soy Jose Manuel, aunque me dicen Josema. ¡También me alegra poder charlar con alguien! No sé cuántas horas llevo recorriendo esta carretera, pero todas las personas con las que me he cruzado parecían tener serios problemas… -Contesta haciendo aspavientos con las manos.

Alberto se sorprendió mucho cuando Josema le dijo que llevaba apenas un día de viaje. “¡Yo llevo doce años!” le espetó. El caminante no se podía creer lo que escuchaba, ¿Doce años? ¿A dónde se dirigiría? ¿Tendría él que aguantar tanto tiempo caminando? No iba tan preparado como Alberto, eso seguro. Entonces le hizo la pregunta esperada:

-Alberto, ¿A dónde te diriges para tardar tanto?

El explorador miró hacia las estrellas durante un momento y suspiró. Se recostó cómodamente en el respaldo estirando los brazos por detrás y cruzó las piernas. Durante casi un minuto se quedó en esa posición meditando, parecía no tener muy clara su respuesta o si quería responder. Entonces se incorporó y le contestó.

 

-A China, voy a oriente. Pero aún no he encontrado el camino. -Dijo mientras sonreía, una sonrisa bastante forzada según creía Josema.

-¡Ah! ¡Justo pasé hace unos kilómetros un camino que lleva hacia allá! Si sigues en esta dirección -dijo Josema señalando hacia el lado contrario de la carretera. -sin duda encontrarás la señal que…

-No, no. -Le interrumpió Alberto. -Ese camino es demasiado angosto, además la señal debe de ser falsa, mi brújula y las estrellas me indican que el este no es hacia allá.

En esta ocasión fue Josema el que permaneció meditabundo. ¿Las señales falsas? ¿Y las estrellas? Él no alcanzó a reconocer ninguna. ¿Estaría en otro hemisferio? No entendía nada. Sin duda Alberto parecía conocer bastante más de astronomía que él, ya que llevaba todos los pertrechos del viajero, no debía de ser su primer viaje. Por otro lado algo le decía que quizás a Alberto no le gustaba lo difícil ya que, para llevar doce años de viaje, sus zapatos apenas estaban gastados y su ropa estaba impecable. Él en cambio, para un día de camino que llevaba, tenía alguna que otra espiga en su ropa, los zapatos llenos de barro, el pantalón un poco polvoriento y las manos magulladas. Por otro lado, las señales eran claras, el que las puso allí no pudo haberse equivocado, o ya alguien la habría rectificado.

-Pero Alberto, ¿Sabes dónde estamos como para interpretar las estrellas y tu brújula…? -le preguntó.

Alberto le respondió que no, que no sabía dónde estaban y que no conocía las estrellas, que por esa misma razón no quería aventurarse por un sendero que desconocía. Y que no era la primera señal que encontraba que marcaba su destino, pero que ninguno de los caminos hasta ese momento le habían convencido. Que su brújula no podía equivocarse, que era lo único que lo guiaba a salvo, que le daba un lugar en el mundo.

Pero todo aquello no tenía sentido. Josema estaba casi seguro de que Alberto sería muchas cosas, pero desde luego un explorador no. El explorador no teme seguir vagas señales en pos de encontrar algo, no pone pegas por una brújula y nunca está perdido, de hecho siempre está encontrando algo. En resumen, al explorador no le asusta el camino y no le asusta el futuro. A Alberto parecía darle miedo entrar en los campos de centeno, perderse entre la inmensidad o llegar a China, no estaba ante un explorador o un viajero experimentado. Frente a él se encontraba una persona que tenía un destino pero que temía al camino; todo lo contrario a lo que le ocurría a Josema. Lo que le llevó a preguntarse qué era mejor, estar asustado pero tener una meta o ser valiente y no haberla encontrado aún. La solución a lo primero pasa por ser consciente de que se tiene miedo al futuro, a la incertidumbre; lo segundo no era un problema dado que él era consciente de que estaba buscando su destino y estaba esforzándose por encontrarlo. Debía de intentar hacer algo.

-Alberto, después de doce años ¿No crees que deberías haber encontrado alguna pista de por dónde se va a China? Vamos, no sé, creo que tanto caminar sin arriesgarse a perderse carece de sentido… Tu objetivo está muy lejos y no parece que avances, quizás es hora de intentar algo nuevo, ¿No crees? -Dijo intentando ser delicado, pero sin pelos en la lengua.

Alberto comenzó a ponerse rojo, parecía que en cualquier momento dejaría salir toda su ira. Cerró su puño con fuerza y comenzó a temblar, en el fondo parecía saber que Josema tenía razón, que doce años de camino le habían hecho muy fuerte, pero no había sacado más conclusión que la de saber que estaba perdido. No quería admitirlo, pero sabía que era cierto, que le daba miedo llegar a China. Ya que, una vez allí, ¿Qué sería de su vida? Pero si no llegaba nunca ¿Qué sería de él? Relajó sus manos y comenzó a llorar, a aflojar toda la carga, a soltar lo que había en su pecho y todo el miedo que le atenazaba. Entonces abrazó a Josema fuertemente. “Gracias, gracias de verdad.” Josema por su parte le devolvió el abrazo y permaneció en silencio. Alberto le contó que acababa de descubrir cómo llegó al camino después de doce años, pero que también había descubierto que no le podía decir el cómo, solo el por qué: Mi mujer falleció hace doce años. No profundizó en el tema. Simplemente miró hacia su brújula, la cual ahora apuntaba hacia una dirección diferente, y sonrió.

Tras charlar amigablemente un rato más Josema acompañó a Alberto hasta la señal de China y allí se despidieron. Hicieron la promesa, que ambos llegarían a su destino e hicieron un intercambio: Josema le dio su linterna a Alberto para los días en los que no pudiese ver el camino y a cambió él le dió el bastón de trekking, para cuando todo se le hiciese cuesta arriba. Tras darse un abrazo cada uno siguió su rumbo. Curiosamente Jose Manuel descubrió que, en la línea del horizonte de su camino, empezaba a despuntar el sol entre lo que parecían ser montañas. Unas imponentes y escarpadas montañas nevadas. Bastón en mano siguió hacia adelante. Siempre hacia adelante.

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