Una vez en la falda de la montaña Josema se encogió, no solo de frío, sino también de imponencia. Aquellas paredes escarpadas y el estrecho sendero le indicaban que debería de

llevar a cabo un acto de auténtica valentía si quería continuar por ese camino. Quizás arriba del todo, en las cumbres que se perdían entre las nubes, habría algún paso que cruzase todo aquello, lo ignoraba, pero de alguna forma sabía que debía de seguir en línea recta.

 

Desenvainando su nuevo bastón, que colgaba del cinturón como si de una espada se tratase, se puso en camino de nuevo. Comenzó a subir pendiente arriba y tras medio kilómetro se tuvo que sentar jadeando, aquello no iba a ser nada fácil. El viento soplaba frío, cosa que hasta el momento no le había sucedido en su periplo, y tuvo que empezar a frotarse frecuentemente los brazos y el pecho para poder continuar. Josema no dejaba de pensar en un abrigo, en guantes, una botas… La situación desde luego invitaba a ello pues el lugar no podía ser más inhóspito: un paraje desolado, no había plantas, ni animales, agua o cualquier señal de vida, solo roca y nieve. Pero Josema no se desanimó, sabía que todo viaje empezaba con el primer paso y él ya llevaba un par de kilómetros de cuestas interminables. Arrastrando los pies y clavando el bastón en el suelo siguió tirando de su cuerpo cuesta arriba.

 

Kilómetro a kilómetro se le pasó todo un día, más de veinticuatro horas seguro, aunque era difícil de determinar dado que desde que amaneció no se volvió a poner el sol. Al final de uno de los senderos llegó a una pared casi totalmente vertical que cortaba el camino, una pared de roca irregular que tenía huellas de manos por todas partes y huesos en la falda, una criba de cuyo pie partían tres sendas: por la que él venía, otra que iba muro arriba y la última, que se dirigía a un lado de ladera que daba hacia un acantilado.

 

Josema se acercó a este último en busca de una cuerda que le pudiese servir,alcanzaba a ver allí una especie de mosquetón que tenía una cadena sujeta. Al llegar al extremo del acantilado se quedó totalmente perplejo, pudo ver gran parte del recorrido que había seguido hasta que alcanzó las montañas. Alcanzaba a ver incluso el sendero con un difuso cartel en el que se había separado de su nuevo amigo, los interminables campos de centeno a cada lado de la carretera y, para su sorpresa, muchos carteles de los que no se había percatado. Josema se agachó a inspeccionar la cadena que había en el mosquetón y se percató de que aquello era el asa de una gran caja, tiró con fuerza para extraerla de la roca.

 

Aquella caja de metal oxidado pesaba como un muerto, y medía un metro de alto más o menos. Con curiosidad la arrastró un poco hacia dentro y se sentó contra la montaña, entre huesos, mientras la abría. Tras forcejear un rato con el bisel del cerrojo utilizó su bastón como palanca y, con un estruendoso sonido a viejo y metal chirriante, se abrió. Josema se puso en pie de nuevo y tiró de la tapa para apartarla, la levantó con esfuerzo y dejó caer la pesada lámina de metal hacia atrás guiado por las bisagras. Miró con curiosidad hacia el interior: solo encontró papeles, miles de ellos. Todas notas de suicidio. El terror le invadió, todos aquellos desesperanzadores mensajes le golpearon en la cara y en el corazón como si se tratasen de golpes de un boxeador, cayó una vez más sentado sin fuerza contra la roca. ¿Cuánta gente había decidido no seguir peleando? Se dio cuenta entonces de que aquel acantilado era la salida fácil, la muerte, el fin del periplo y del sufrimiento. Hasta se empezó a plantear él mismo si debía dejar una carta allí dentro también y saltar.

¿Carecía de sentido todo el tiempo que llevaba caminando? ¿El final era aquel salto? ¿Para qué quería llegar arriba de aquella montaña? Josema empezó a dudar de todo lo que había conseguido, de todos los pasos que le habían llevado hasta allí, de si alguna de las cosas que había hecho tenían sentido. Lamentó de nuevo no haberse quedado en su vehículo, en la seguridad que le daba, en sus recuerdos y su pasado encerrado. Entonces comenzó a llorar amargamente. Con la primera lágrima se oscureció un poco el cielo, con la segunda llegaron nubes, con la tercera el sol se ocultó un poco y así sucesivamente hasta que se hizo de noche. Una noche tan oscura como cuando salió de su vehículo, pero esta vez sin linterna. No podía ver el camino de vuelta ni el camino que le llevaba pared arriba, solo el acantilado y el fin. Curiosamente se percató entre sollozos que algo en el interior de la caja brillaba, cuando se asomó vio que algunas de las notas de suicidio brillaban de manera casi fosforescente aunque la inmensa mayoría seguían apagadas, muertas. Entonces cogió una entre sus manos y la leyó:

“Estimado lector:

Aquí dejo mis últimas palabras, las últimas palabras de esta vida. Quiero decirte que no me arrepiento de nada, de ninguna de todas las cosas malas y buenas que he hecho. Pasaron y ya está, aunque quizás algunas no estuviesen bien, pero me han forjado tal y como soy. Todas y cada una de ellas.

En este camino tan largo que llevo he aprendido miles de lecciones, aunque las más importantes son: primera, que siempre debo de estar en movimiento ya que si me paro me estancaré. La segunda es que debo aprender a decir adiós, una de las cosas más difíciles de todas. La tercera es no temer al futuro, caminar siempre por el camino aunque no sepas muy bien a donde te va a llevar, por ejemplo a mí (y a ti) me ha traído hasta aquí, hasta esta carta. Y la cuarta y más importante: aprende a perdonarte a ti mismo, perdónate tus errores y tus baches, tus penas y tus llantos, todos tus fallos; y acéptate tal y como eres.

En esta caja queda mi fin, mi último yo, el que no se atrevía, el que dejaba la vida pasar por delante de sus ojos. El que soñaba y no actuaba, el mediocre, el fracasado, el que saltó por el barranco.

 

Hacia arriba por la pendiente seguiré yo, escalando y llegando a donde quiero ir, dejándome la piel y el alma en esta injusta pero maravillosa aventura que es la vida.

 

Aquí quedan las palabras que te iluminarán, como me iluminaron a mí las de otros, en las noches oscuras cuando todo falle. Aquí, entre los papeles de tantos que ni siquiera lo intentaron y solo quisieron dejar testimonio de su cobardía, y entre los huesos (donde yo también estuve sentado) de aquellos que se rindieron por no creer lo suficiente en sí mismos.

Ahora debo abandonar a este yo desolado y cobarde en el páramo, donde se quedará para siempre.

Mucha suerte.”

 

Abrumado por tantísimo sentimiento en tan pocas líneas Josema encontró un cuaderno fijado a la parte interior del cofre y un lápiz. Enrolló la brillante carta y la depositó donde estaba. De rodillas y utilizando la tapa como base tomó aire y empezó a escribir todo aquello que para él habían significado estos últimos días, todo aquello que quería dejar allí antes de continuar. Con cada trazo de carboncillo se fue abriendo el cielo de nuevo, hasta que terminó su mensaje y un rayo de sol alumbró la carta directamente, carta que depositó en el cofre de metal. Arrastrando con fuerza aquellos mensajes de desesperación y esperanza los depositó donde los encontró, al borde del abismo. Con ánimos renovados y muy agradecido se enfrentó a su destino.

 

Una vez más optó por luchar. Josema se acercó a la pared y miró hacia arriba, apenas alcanzaba a ver el bordillo hasta el que tenía que llegar, a más de treinta metros de altura: se estremeció. Empezó agarrando con decisión un pequeño saliente que se situaba casi un metro por encima de su cabeza, tiró con fuerza y apoyó el pie derecho en otro de los huecos. “¡Arriba!” –gritó en su mente. Y su cuerpo le obedeció.

 

Piedra a piedra fue subiendo, a veces el sol le cegaba al rebotar en la roca y tenía que palpar a ciegas buscando donde sujetarse. Llegó a resbalar levemente en dos ocasiones, y aunque el miedo le pesaba, no le atenazaba. Tras una lucha mental y física alcanzó el saliente que creía ser el final del camino, y se percató con horror de que no era así. Ante él se encontraba una cueva oscura y otro camino de huellas en la roca que seguía ascendiendo hasta perderse en la vertical. Exhausto dio un último tirón con las dos manos y se levantó hasta la zona de descanso. Deprimido y asustado entró al principio de la cueva y se tumbó a descansar, a descansar por primera vez desde que había comenzado su viaje, y se quedó dormido.

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