Josema durmió durante dos días. En sus sueños no paraba de encontrarse a sí mismo al otro lado de un espejo, haciendo todo aquello que él estaba aprendiendo a repudiar. Se vio a sí mismo atrapado interminables horas en un trabajo que odiaba, siempre con prisa de un lado para otro. Halló una persona cuyo único divertimento era el partido de los fines de semana, la ansiada cerveza al salir un viernes de la oficina. Contempló con orgullo y vergüenza como se arrastraba ante una relación que sabía que no resultaría, no fue una lucha; fue una auto-mentira. Poco a poco iba viendo que todos aquellos Josemas atravesaban el espejo, le miraban a los ojos unos segundos y desaparecían con una tenue brisa, como si de polvo se tratase. Dos días durmiendo, viendo volar su pasado, aprendiendo de él, liberándose de todo aquello que no quería ser. Recordando, pero no repitiendo. Entonces se quedó solo frente al espejo.

Fue ahí cuando vio a un Josema que le encantaba, un Josema decidido, con sueños y aspiraciones, una persona que no vive en su pasado y que no le teme a su futuro, un Josema que ya no estaba roto, se había reparado. Una persona que le encantaría ser, a la que le encantaría abrazar e imitar. Un él puro, sin prejuicios, experienciado, que viajaba por el mundo, que probaba cosas nuevas. La mejor versión de sí mismo. Fue entonces, embelesado por la imagen que contemplaba que empezó a escuchar  a alguien que le llamaba, una voz profunda, nítida y conocida. Y se despertó.

Notó humedad y frío, no veía nada. Por un momento pensó que nunca había terminado de trepar el acantilado, que se había estrellado contra el suelo y había muerto, nada más lejos de la realidad. Notó su boca pastosa, estaba sediento. Poco a poco sus pupilas se fueron dilatando, acostumbrándose a la oscuridad de la estancia. Ahora que no veía apenas nada se agudizaron un poco el resto  de sus sentidos: podía oír al final de la gruta agua fluyendo, quizás un riachuelo, aunque no estaba seguro. Se incorporó un poco y fue arrastrándose hacia el sonido del agua. Notaba en la palma de sus manos los pequeños guijarros limados, consecuencia de haber sido lijados a lo largo de los años por una corriente de agua. Intentó ponerse de pie pero se golpeó con una estalactita en la cabeza, la cueva se estaba estrechando. La sed le hizo seguir a gatas buscando el agua, magullándose a cada paso las rodillas con las pequeñas piedras. En cuanto perdió de vista la entrada de la cueva todo se quedó oscuro, guiándose únicamente por el sonido del líquido elemento continuó por el paso. Cada vez más estrecho, hasta que solo cabía su cuerpo.

Tras unos minutos así giró una esquina. Escuchaba su destino cada vez más cerca. Fue entonces cuando una voz resonó en la gruta: “¡Párate!” Josema asustado obedeció y se quedó paralizado en el lugar tratando de averiguar de dónde procedía el sonido y la voz. Tras unos minutos de silencio en la oscuridad decidió hacer oídos sordos al aviso y continuar. Al siguiente paso se arrepintió. El suelo cedió debajo de él y una grieta iluminó toda la estancia, dos segundos después, a pesar del empeño por continuar hacia adelante para evitar la caída, se precipitó por el agujero. Apenas estuvo cayendo unos segundos, pero se le hicieron eternos. Debido a todo el tiempo que llevaba a oscuras solo pudo ver una poderosa luz blanca, cayó estrepitosamente al agua y se sumergió.

Lo primero que pensaba en el agua era que iba a morir congelado, aunque poco después, mientras luchaba por averiguar hacia dónde estaría la superficie, se percató de que el agua estaba caliente. Finalmente se dejó llevar por la naturaleza y empezó a flotar, una vez supo el rumbo nadó hacia arriba. El agua estaba en calma, parecía fluir con naturalidad pero sin corrientes fuertes, cosa que facilitó bastante a Josema el trabajo de encontrar a ciegas un saliente donde agarrarse, ya que todavía no era capaz de ver nada debido a la luz. Medio minuto después sus ojos se habían acostumbrado a la nueva situación y empezó a percibir difusamente su entorno. Reconoció una pequeña cascada que manaba de un agujero del techo y que caía serena, casi insonora.

Unas piedras limadas y redondeadas se hallaban al otro lado del río, y pudo ver el agujero desde el que había caído. En el medio de la cubierta de roca, a unos veinte metros de altura, vio maravillado un agujero circular enorme que daba a la cima. Desde ahí entraba la luz del sol y caía la nieve hacia dentro, pero se derretía apenas entraba al entrar en contacto con el calor de la estancia y creaba una neblina que a Josema se le antojaba apetecible para un “spa”.  Ya con la vista recuperada vislumbra algo entre las rocas que no alcanza a ver por la niebla, parecía tener forma humana, o al menos eso creía. Emprendió entonces el camino a nado hacia la otra orilla y, cuando llegó al otro lado, definitivamente supo que se trataba de un ser humano.

Una vez en tierra se encontró en frente de un niño, un niño que estaba sentado en la roca jugueteando con un yoyó. No tendría más de diez años, de talla media y ataviado de azul cielo, con unas ropas exóticas, Josema pensaba que debían de ser asiáticas. El chico desenrollaba su yoyó y lo enrollaba sin prestarle mayor atención. Empezó a silbar alegremente mientras intentaba llevar a cabo algún truco con la cuerda de su juguete, aunque no parecía salirle. Josema seguía embobado mirándole, dándole miles de vueltas a su cabeza pensando que de dónde podría haber salido y que, por otro lado, le resultaba muy familiar el chiquillo.

-¿Piensas quedarte mirando embobado todo el día?, ¿Josema? -Preguntó el joven ,con una voz bastante adulta, mientras seguía con la vista fija en el artilugio, que subía y bajaba.

Josema por su parte dio un paso hacia detrás. Estaba muy sorprendido de ver que el chico tenía una voz así, un infante que no parecía pasar de los diez años le hablaba con una voz de un joven de veintitantos. Estaba tan sorprendido que ni siquiera se había percatado de primeras que le había llamado por su nombre, que era él quien había estado llamándole desde que entró en la cueva a resguardarse.

-N… no, perdona, es que me parece surrealista encontrar a un niño de diez años por aquí, solo eso. -Respondió tímido mientras se llevaba las manos a la cabeza para apartarse el pelo mojado de la frente.

El joven recogió su yoyó y sacó una cajita metálica de su bolsillo. Cuidadosamente la abrió e introdujo el juguete en ella, y con cariño la cerró e introdujo nuevamente en la chaquetilla. Con la palma de la mano apoyada en la roca de su derecha le invitó a sentarse con unos toquecitos, sin decir nada. Josema obedeció al gesto y se sentó con las piernas cruzadas mirando hacia él. El niño volvió a echar la mano al bolsillo, esta vez al contrario, y sacó una ramillete de palitos cuidadosamente amarrados, quitó uno del grupo e introdujo el resto de nuevo en su lugar. Se introdujo el palo en la boca y lo masticó, un dulce olor a regaliz inundó la estancia. “Un palodú” -Pensó Josema. Un olor tan característico de su infancia que le transportaba al colegio de nuevo, a su padre que se los regalaba todas las semanas, al olor de las aulas, los compañeros, la felicidad. Volvió a sacar el ramillete, y aún en silencio, le dio uno a Josema. Ambos siguieron mascando el palito durante un rato más mientras contemplaban la cueva y el cielo.

-Me llamo Jose María, pero todo el mundo me conoce como “El Niño”, al menos todas las personas que se han sentado donde tú me han llamado así o lo han pensado. -Dijo arqueando una ceja con una sonrisa burlona. -Y te he estado observando, ¿Sabes?, desde que eras pequeño hasta que te subiste a ese vehículo maldito, ahí dejé de buscarte. Desde que se te averió el coche y decidiste emprender este viaje he estado mirándote, en las sombras, viendo como te acercabas cada vez más hacia el dios de la montaña, hacia tu dios interior.

Josema comenzó a mirar hacia todas partes. ¿Dios de la montaña? ¿A quién se refería? Probablemente se hallaba en lo alto de la misma, más allá del agujero del techo, y observaba desde allí todo lo que sucedía. Mientras le daba vueltas a este asunto El Niño le dio una palmada en la espalda.

-¡Pasmarote! ¡Yo soy el dios de la montaña! Deja de mirar bobaliconamente hacia todas partes y hazme caso. -Josema dio un pequeño respingo en su sitio pero se recompuso rápidamente para prestar atención. -¿Sabes lo que hay encima de esta montaña? ¡Otra más alta! ¿Y encima de esa otra? ¡Aún otra más! Las dificultades en la vida son interminables, siempre que parece que conquistas una viene otra, ese es el sentido de esta montaña. -Dijo airado. -Y ahora te pregunto: ¿Sabes quien soy yo? -dijo acercándose a la cara de Josema y mirándole directa y profundamente a los ojos.

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