No sabía de qué le estaba hablando El Niño, no paraba de pensar en lo que había dicho de la montaña, ¿Cómo no iba a haber nada? ¿Más montañas? ¿Por qué había trepado entonces? Una vez más empezaron a flaquear en sus convicciones, no sabía si de verdad todo el trabajo de la escalada y el frío le habían servido de algo. Aunque sabía que no sería el final del camino sino la senda misma lo que le habría otorgado todas las experiencias y conocimientos que ahora albergaba. Agitando la cabeza en gesto de duda contestó:

-El Niño, el dios de la montaña.

-Uhm… -Masculló frunciendo el entrecejo. -Creo que necesitas un pequeño empujón más. Te voy a contar una historia, y entonces seguiremos hablando. Es la historia de un hombre que emprende un viaje para conocer su pasado, su presente y decidir qué hará con su futuro.

“Nuestro protagonista, debido a un severo golpe emocional que tambaleó los pilares de su realidad, emprende un viaje espiritual. Decide viajar hacia el pasado. Allí halla toda clase de cosas almacenadas, miles y miles de recuerdos, experiencias y situaciones. Miles de excusas que le impedían vivir el presente, que le retenían en algo que ya había ocurrido y que anhelaba, viviendo una mentira contínua. Entonces, tras meditarlo, decidió llevarse las cuatro cosas que más necesitaba: Una luz que iluminase su camino, un recuerdo para no olvidar quién es, un libro para apuntar su recorrido y algo que le facilitase un poco el futuro inmediato. Entonces, una vez liberado de la carga, avanza. Avanza y avanza viendo a otros muchos cargando con cientos de cajas, mochilas muy pesadas, intentando ayudarles inútilmente. Solo alguno deja su pasado atrás y es capaz de continuar con él libre hasta el presente.”

-¿Vas entendiéndolo todo? -Dice El Niño interrumpiendo la historia brevemente. Ante el gesto afirmativo de Josema, que se haya embelesado escuchando, continúa.

“En el presente se encuentra un panorama dantesco. Miles de personas avanzan por su vida de manera autolesiva, van intentando reparar daños irreparables, situaciones que deben de cicatrizar por sí mismas. Van intentando ponerle parches a precipicios. Agarrándose a clavos ardiendo que desollaron y destruyeron su piel. Gente que, atrapados en la vorágine del presente, pierden su esencia para transformarse en fantasmas. Que no son capaces de detenerse y recapacitar acerca de todo lo que está sucediendo en sus vidas en ese momento. Nuestro protagonista no lo entiende, si hay algo que falla en tu vida y ves que no puedes arreglarlo… deshazte de ello, no tiene sentido mantener algo que solo puede suponer una carga, que no puede aportar nada productivo. Una vez más lo difícil es decir adiós. Él se libera de su presente, abandona aquellos sentimientos que le hicieron plantearse por primera vez este viaje, todas sus relaciones sentimentales fallidas, sus amistades tóxicas, las partes de su trabajo que detestaba… etc. Entonces ve que está preparado para vivir el día a día, que ahora toca enfrentar el futuro, un futuro sin fantasmas.”

 

-¿Sabes cómo continúa? -Le pregunta a Josema.

-Creo que empiezo a hacerme una idea… -Le responde sonriente. -¿Hace un amigo?

El Niño, sonriendo también, continúa con su historia: “La llegada al futuro se le antoja esquiva, pues el futuro es el presente por ocurrir, y una vez que llegas deja de serlo. Por el camino encuentra a bastante menos personas que en el presente y el pasado. Mucha de la gente que encuentra se haya desorientada, otra va con una venda en los ojos y otros con un ordenador cuya pantalla va casi pegada a sus párpados. Entre todos aquello se percata de un hombre ataviado con ropa de viajero. Un hombre que, tras ofrecerse ayuda mutua, acaba descubriendo que lleva demasiado tiempo viviendo en el pasado, pero intentando viajar hacia el futuro. Un hombre cuya esposa había fallecido junto a su hija en un accidente de coche y había conseguido medio escapar de la depresión. Esa persona quería ir a China, empezar de cero su vida allí, pero de alguna forma nunca encontraba el camino. Lo único que tenía que hacer era comprar un billete de avión, tan simple como eso. Pero no era capaz de visualizarlo. Tras hablar con nuestro protagonista se da cuenta de algo que él aún no sabía, y consigue ir al futuro. Tras aquello se juran amistad y nuestro protagonista sigue, alentado por su nuevo amigo, buscando. Sabe que hay algo más en la vida que la temporalidad. “

-Alberto… -Susurra Josema mientras mira hacia abajo apenado, -“Qué pasado más trágico”- piensa. Por su parte El Niño sigue sonriente. Parece complacido.

“Sigue su periplo por el futuro y encuentra las montañas. Después de un largo camino viene aún una prueba peor. Es entonces cuando decide salir de su zona de confort definitivamente y enfrentarse a su mayor miedo, la incertidumbre. Paso a paso entre nieve y roca se abre camino. Ayudado por los consejos de su nuevo amigo continúa persistente hacia arriba, pues imagina que algo habrá allí que le de la respuesta. Arriba el cielo debe de ser más claro. Tras un largo camino encuentra un nuevo reto. Ante él un poderoso muro de roca se encuentra, detrás un camino tortuoso y a su izquierda un acantilado en el que terminar con todo. Por un momento piensa en saltar, no es tan mala idea, antes sufría pero estaba en un lugar seguro, era un sufrimiento elegido, selectivo. Pero entonces encuentra una carta de un desconocido que le hace cambiar de idea, una carta cargada de conocimiento que le permite consolidar su pensamiento. Él escribe otra y la deja en el mismo lugar. Entonces encara la montaña con pasión y comienza a subir, repitiendo una y otra vez: arriba, tú puedes, arriba. Y con fuerza de voluntad y coraje trepa hasta encontrar una cueva.”

El Niño saca un par de palodúes y le entrega uno a Josema. Un Josema sonriente de sentirse protagonista, de ver una historia tan grande que manaba de él. Pero ¿La historia seguía? No había sucedido nada más. Entonces comenzó a mascar su palodú de nuevo mientras esperaba atento a la siguiente parte. El Niño le observa detenidamente al tiempo que guardaba el ramillete.

-“Por primera vez descansó…” -Continúa. -”Durmió largamente durante dos días y una noche. Luchó con su realidad y asimiló todo su viaje. Entonces una voz resonó en su cabeza y le despertó. Sediento de conocimiento buscó la fuente del sonido, del río de la sabiduría. A medida que se iba adentrando en la cueva más oscuro se volvía todo. Más oscuro y más pequeño. Hasta que llegó a un hueco donde gateando apenas cabía, pero aún así la sed era mayor que el miedo. Fue cuando, sin esperarlo, se precipitó por un agujero en el suelo y se sumergió en las cálidas aguas del corazón de la montaña. Allí conoció a un niño que decía ser el dios del lugar. Un niño que le dijo que no debía seguir escalando, que la respuesta se hallaba justo donde él estaba, en el corazón de todo. Que debía fluir con el río y dejarse llevar. Que ya casi había alcanzado todo aquello que necesitaba para ser feliz en la vida y seguir avanzando por nuevos caminos. Una sola pregunta le separaba de todo: ¿Sabes quién soy yo? …”

-Tú eres yo, eres mi yo más interior, mi corazón. -Dijo Josema interrumpiendo a El Niño. -Eres el dios de mi propia montaña, de la montaña de mi vida, árida y fría, que se enfrenta al mundo, de corazón cálido y sabio. Eres un niño porque así es como debe de ser la felicidad, el adulto que vuelve a ser niño tras haber derrotado a los gigantes del presente, pasado y futuro. Un niño que no tiene miedo a la incertidumbre, que no tiene zona de confort más allá del camino. Un niño que ha dejado ir por fin su ruptura sentimental, que ha perdonado a su expareja y se ha perdonado a sí mismo. Que ha continuado fluyendo con la vida, que está aquí reencontrándose a sí mismo en su propio corazón y comiéndose su dulce preferido mientras juguetea con su juguete predilecto. Eres Josema, eres yo.

El Niño sonrió. Le miró dulcemente y asintió con la cabeza. Entonces un rayo de luz cayó desde el agujero de la montaña, justo sobre el dios y se desvaneció. Se fue convirtiendo en cientos de pequeñas luces que volaron hasta el pecho de Josema. De alguna forma fue notando calidez en su corazón, recuperando algo que nunca había perdido realmente: la ilusión por la vida.

Comenzó a llorar de alegría, lo había conseguido. Había superado aquella situación que no le dejaba avanzar, que no sabía que era la razón de todo. Abrió su cuaderno, el que había llevado consigo desde el coche y vio su historia escrita, entintada en su cerebro. También las fotos, de su familia, sus amigos y de ella. Entonces, de la pared de la montaña, surgieron unas escaleras de piedra que subían hasta la boca del cráter de la montaña. Con un último esfuerzo subió apoyando su mano izquierda en la pared mientras con la derecha sujetaba la foto. Una vez arriba del todo observó el panorama. Efectivamente, había una montaña aún más alta, pero aún desde allí logró ver todo el camino recorrido. Ahí, encima de todo su mundo, dejó ir a la persona que en su momento fue la más querida para él, extendió el brazo y, abriendo la mano, dejó que la fotografía volase con el viento. Suspiró y se dejó caer de espaldas, cayó los veinte metros y se sumergió en el agua tibia. Cuando salió a flote se dejó llevar por la corriente, recorrió el río hacia dentro de la montaña y por los entresijos de la misma. Se sentía realizado, había concluido el viaje. Aunque solo era el primero. Ahora volvía al mundo real, volvía a su mundo. Sin pesadillas…

Abrió los ojos.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s