Atención: si no has visto la película te estás perdiendo una obra de arte, así que abstente de leer esta entrada hasta que la veas.

 

¿Por qué, La La Land? ¿Por qué me haces ésto? Cuando pensaba que el amor había muerto en Hollywood vas tú y me lo traes de vuelta.

 

Hoy he ido a ver esta maravillosa película, y se ha colado en el top dos de mi lista, (lo siento Interstellar, pasas al tercer puesto). ¿Un resumen? Felicidad y decisiones.

 

Me he enamorado de este filme. De ver a Mía tirar de la mano de Seb, y de cuando ambos se hacen los duros pero sucumben a la psique del otro… aunque, pensándolo bien, no creo que haya mucha gente que pueda resistirse a Emma Stone (y supongo que a Ryan Gosling) pero centrémonos en los personajes. De cómo ese amor se inicia complementario, de dos fanáticos de las artes que se entienden a la perfección y que, a lo largo de la trama, se ayudarán mutuamente para encontrar el punto de equilibrio.

¿Por ejemplo? Sí, Mía abandonando a Seb para que se percate de que no es feliz con su trabajo, de que lo odia pero el dinero le ha cegado. Por otro lado el pianista decide presionarla para que acepte el casting definitivo que catapultará su carrera al estrellato. Y entonces… ¿Qué? “Siempre te amaré” Tú a París y yo a Los Ángeles. Nos vemos en seis meses, o quizás no.

 

Un año de conocerse, amarse, ayudarse, sentirse y complementarse se esfuman por una decisión… o quizás más de una. Para empezar la de Seb uniéndose a la banda de John Legend, traicionando sus principios para poder darle algo mejor a su pareja. Luego tenemos la decisión estoica de Mía, la de no ir con él de gira, ella no abandonará su sueño tan fácilmente, llevará al teatro su obra. Abandonar a Seb porque le ha fallado, porque ya no es el que era y porque ella, al verse sola, decide tirar la toalla y volver a casa. Y viene la decisión del pianista, la de ir a buscarla para que siga luchando por su pasión… y entonces decide quedarse en Los Ángeles en lugar de seguirla a Francia. ¿En serio?.

 

Vuelve Mía, y se casa. Se convierte en esa actriz a la que todos admiran, la Ingrid Bergman que siempre quiso ser. Seb, por su parte, decide abrir su propio local de Jazz y volver a esperar verlas (verla) venir. Los sueños se hacen realidad.

Cinco años después se encuentran de nuevo en La Ciudad de las Estrellas, pero ya no brillan los dos bajo la misma. Sueños cumplidos y vida hecha, el amor actual y el que queda frente a ella en el escenario. No queda espacio para el tema de “City of stars” ya no, en esa canción nada importaba excepto ellos, pero ya no habrá un “ellos” nunca más.

 

Sebastian y Mía se dan cuenta de que una decisión lo cambia todo, que a cada momento todas sus decisiones les dirigieron directamente a ese desenlace. A verse como desconocidos, como si ya no recordasen cuantos lunares tenía cada uno. Como si la ciudad nunca hubiese brillado realmente para ellos.

 

Y se detiene el tiempo durante un par de minutos… una historia diferente viene a la mente. La noche que Seb decidió ignorar a Mía en el bar, el beso que perdieron, el claqué al son del amanecer en lo alto de aquel parque, por Dios, ¡El claqué! O como se infiltra en los estudios porque él necesita verla, y como ella lo deja todo para llegar al cine. El claxon. Ese molesto sonido que arrancaba una sonrisa en el rostro de Mía en cualquier momento, porque sabía que Sebastian estaba allí. Todas los momentos perdidos por decisiones diferentes, una película cuyo final deja mal sabor de boca en el alma, pero amor por lo imprevisto de la vida en el cerebro. Y se activa el reloj de nuevo, con un Seb meditabundo presionando la última nota de su canción, de aquella canción que lo provocó todo.

 

“¿Quieres que nos quedemos a oír otra? “
“No, es hora de irnos.”

Y fin. No queda más que el pasado en la memoria y lo bello del recuerdo. Ella ya no se atreve, y él se traiciona a sí mismo. Nadie ha aprendido nada en materias del corazón… porque no se puede aprender a desenamorarse, porque la historia queda para siempre. Mía sabe que no volverá a verle, pero en su mente siempre quedarán aquella noche maravillosa… y el jazz.

 


Con un magnífico y “casablanquesco” The End termina esta historia de amor y música, enseñándonos una vez más que todo lo bueno se acaba, y que el amor idílico del cine (y de la vida) no ha muerto, simplemente estaba dormido.

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