¡Buenas a todos!

Os dejé a todos en el aeropuerto de Madrid, ¿Cierto?

Pues ya llegué ayer a Los Ángeles. El vuelo a París, operado por AirFrance salió sin retraso alguno, todo previsto. Y menos mal porque mi conexión a Estados Unidos salía apenas una hora después. Así que aterrizo en Francia y corro al transbordo, llego justo a la hora del embarque para darme cuenta de que había un retraso de casi cuarenta y cinco minutos… y yo con la lanzadera reservada en Los Ángeles para las nueve y media de la noche, ya iba a tener que pagar de más por un taxi.

Mientras esperaba al embarque estuve paseando por Charles de Gaulle y encontré un punto de videoconsolas, de Play Stations 4 en concreto, y me puse a jugar un ratillo mientras esperaba. A los cinco minutos escucho a alguien que me habla en francés, me giro y veo a un hombre enorme de unos dos metros, negro y con un bíceps tatuado del tamaño de mi cabeza. Le digo que no hablo francés y se dirige a mi en inglés, que quiere jugar contra mí. Asiento y empieza el duelo. Jugamos al FIFA 2017, odio los juegos de deporte, entre otras cosas porque soy malísimo, pero echamos el rato. Después de que me pegase una paliza dos veces y se riese de mí diciendo que dejase de jugar de broma, me llaman para embarcar por fin.

Mi avión, también de AirFrance, era bastante más pequeño que el que me llevó a Tokio en su momento, fue un Boeing 777 de unos quinientos pasajeros. Tras tomar asiento veo que nadie va a mi lado y sonrío, pero justo antes de cerrar el embarque entra una señora corriendo, la última pasajera, y se me sienta al lado. Era una señora francesa de unos cuarenta y cinco años que olía francamente bien, iba vestida estilo ejecutivo con un pañuelo claro en el cuello, muy elegante. Total que mientras cierran las puertas del avión la veo hablar con la chica de su lado y comienzan una conversación en francés con un señor de la fila de al lado. A los cinco minutos llaman a la tripulación y les informan (supongo) de que les van a ceder sus asientos a ellos, que son una familia de cinco.

Así se levantan y se marchan y llegan una señora con su hija y su hijo, esposa e hijos del caballero de antes, y se distribuyen de forma que queda la señora a mi lado (yo daba al pasillo en fila central), su hija a su derecha y finalmente el marido. Al otro lado del pasillo, a la derecha del padre, los dos niños que eran gemelos. Hasta aquí todo bien.

Se sienta entonces la señora y la estancia se inunda de un intenso olor a cebolla y limón pasado, un olor corporal muy intenso. Me doy cuenta de que es mi vecina. Horrorizado (creedme si os digo que no soy “tiquismiquis” con los olores) empiezo a pensar que las siguientes doce horas van a ser así, y prácticamente lo fueron.

Para mi consuelo, a las dos horas de despegar, la señora decide echarse por encima la manta del avión y olor se atenúa, casi desaparece. Lo único malo era que cada vez que se movía se escapaba y yo tenía que dejar de ver mi película durante unos segundos para mirarle la cara al señor francés de mi izquierda. Éste empezó a pensar que tenía algo en el cuello ya que, cada vez que le miraba, él pensaba que era porque tendría algo ahí y se rascaba… incluso sacó un espejo para mirarse, pobre.

Nos dan de comer a las cuatro horas: rigatoni con tomate, cámembert, algo de pan, tartar de pepino con queso blanco, y una manzana en pedazos. Tras terminar de comer, Martika (como bauticé a la señora), que comió como un relámpago, se echó a dormir. Dos horas después su hija, Tika, decide que está harta de estar sentada y empieza a molestarla. Ésto provocó que la madre se despertase, se quitase la manta y empezase a jugar con ella. El olor a cebolla se apoderó de mis malditos y afinados sentidos de nuevo… ahí empecé a odiar a Tika también.

Después de casi una hora de jueguecitos madre e hija, Martika acoge a su niña en su regazo como si fuese un bebé (un bebé de metro y poco) y decide ponerla de forma que no paraba de darle con el pie a mi ordenador, desde el cual os escribo ahora. Tras darse cuenta de que me estaba poniendo de mal humor decide darle la vuelta y ahora es su cabeza la que está en contacto continuo con mi brazo. Tika, al igual que su madre, es de etnia negra y tiene el cabello bastante áspero, pues tiene trenzas con adornos metálicos. Cada vez que el angelito movía la cabeza para acomodarse me arañaba el brazo. Entre eso y el olor de su madre no sabía qué hacer. Estuve en esa situación otras dos horas.

Finalmente tracé un plan, estuve echando hacia atrás y hacia adelante el respaldo varias veces durante treinta minutos hasta que Martika, con un gesto de reproche y un gruñido, deja a la niña en su asiento, se tapa y se duerme de nuevo. Era libre.

El resto del vuelo transcurrió sin incidentes y llegué a Los Ángeles.

Tras someterme al control manual de pasaporte (hay algo en mí que hace que las máquinas automáticas de huellas dactilares fallen siempre) entro en territorio americano, en la puerta tras en control de maletas, me esperaba mi lanzadera. Una hora después estaba en el hotel.

Dejé las cosas y salí rápido para hacer tiempo hasta las dos de la mañana y así irme a dormir para evitar el jetlag. Estuve dando una vuelta por el paseo de la fama. Estaba lleno de clubs, con muchísima gente de un lado para otro borracha y un fuerte aroma a mariguana por todas partes. Volví al hotel y dormí como Martika todo el vuelo, mañana os cuento qué es lo que he hecho hoy.

¡Nos vamos leyendo!

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