¡Buenas una vez más y bienvenidos al penúltimo capítulo de mi aventura por California!

Tras la gran paliza de cerca de veinte kilómetros del día anterior decidimos levantarnos con tranquilidad. Por delante nos esperaba un día de mucho movimiento, aunque tampoco visitamos tantos lugares.

Desayunamos en el bufet del hotel (bufet, je) y salimos dirección Chinatown. Cruzamos la “Dragon’s Gate” y entramos en la zona comercial asiática. Estuve viendo precios para comprarme una GoPro, es algo que echo en falta en mis viajes para poder grabar buenos vídeos. Los precios oscilaban entre los 200$ y los 300$, pero la garantía era dudosa… así que decidí resistir la tentación. Borja por su lado se llevó la mitad de Chinatown en souvenirs y otros artículos (más souvenirs).

Poco a poco fuimos recorriendo toda la calle hacia arriba hasta acabar en el bar de la noche anterior, el Falcons’. Previamente Esteban me dio a probar una bebida china llamada “Bubble Tea”que estaba bastante buena, recordaba a una especie de leche con canela y té. Continuamos caminando hacia la zona de “Little Italy” y ojeamos diversos restaurantes con buena carta y apetitosos, pero no volveríamos a pasar por allí, así que quedó en el pasado.

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No mucho después estábamos frente a otra impresionante cuesta. Todo el grupo empezamos a mirar con odio a Borja mientras éste se reía diciendo que había que subir, que era “Lombard Street” y que allí se grabó “En busca de la felicidad”. Comenzamos la escalada, os juro que mi coche (un Opel Corsa) no sube eso pero ni empujándolo. Medio kilómetro cuesta arriba interminable. Por lo menos la conversación era interesante, íbamos hablando de negocios y marketing digital… quizás a vosotros no os interese; pero a mí me apasiona.

Con la lengua fuera y al borde del ataque homicida contra nuestro casi casado amigo, llegamos al cénit de la calle Lombard. Os diré una cosa, cuesta sudor y lágrimas subir, pero merece la pena. Culminando la gran calle se encuentra un sinuoso camino que sube entre plantas frondosas y verdes, una zona de casi obligatorio paso para el acceso al barrio residencial, por donde pasan coches continuamente. Foto obligatoria del lugar.

Seguimos calle abajo esta vez (menos mal) hacia el muelle de San Francisco, el “Fisherman’s Wharf”. Ya hambrientos fuimos buscando un lugar donde comer pizza americana, una pizza grasienta llena de pepperoni con más de mil calorías que saciase nuestro voraz apetito. Buscamos en Yelp y encontramos un sitio así, una pequeña pizzería en la calle llamada “Carmel Pizza Company”. Pizzas cuyo rango de precio oscilan entre 15$ y 20$, hechas en horno de piedra y más italianas que americanas, pero una delicia. Una vez con los estómagos llenos continuamos hacia el “Fisherman’s Wharf”.

Lo primero que recibimos de este lugar es un chute de vida. Toda la calle está llena de personas disfrutando del día, comiendo, haciendo compras, viendo a los artistas callejeros… El olor a mar se acentúa y el ruido de los coches da lugar al bullicio propio de un lugar de recreo. Se te deleita la vista de ver los diversos muelles, el mar, el puente Goldengate y, al fondo, Alcatraz (nuestro próximo destino). Íbamos ajustados de tiempo, ya que teníamos reservados cinco boletos para ir a la isla, pero no por ello dejamos de disfrutar y ver todo lo que pudimos. Estuvimos echando un rato con dos músicos callejeros que tocaban por Bruno Mars, Smash Mouth y otros, mientras la multitud se arremolinaba a su alrededor. Posteriormente caminamos por la calle principal y nos detuvimos en una panadería que estaba trabajando en directo sus panes con forma de animales, nos llamó la atención un gigantesco cocodrilo que reposaba sobre la mesa de trabajo. También nos sacó una sonrisa un contorsionista callejero que pasó a través del aro de una raqueta de tenis; un espectáculo tan inquietante como divertido.

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Finalmente llegamos al archiconocido “Pier 39”, el muelle de los leones marinos. Lo primero que se ve es un cartel grande anunciando el número en el que te encuentras. Justo detrás una horda de cámaras de fotos y turistas que se agolpan junto a unos bancos para ver a estos animales mientras ríen, hacen chistes y disfrutan de su presencia. A quince metros, sobre las tablas de un pequeño pantalán, se encuentran decenas de leones hacinados, dándose calor entre ellos y tirados al sol. De vez en cuando saltan al agua y se acercan buscando comida y creando sonrisas al son de su cántico, se les ve felices, a los leones marinos digo. No es la primera vez que veo uno salvaje, dos días antes en el “Stearns Wharf” de Santa Bárbara, ya tuvimos un encuentro con uno de estos simpáticos animales, que andaba molestando a unos pescadores, quienes trataban de evitar que su aparejo se liase con él.

Fue entonces cuando miramos el reloj, ¡Vámonos átomos! Emprendimos una pequeña carrera a través de un centro comercial, donde Borja paró a comprar una baraja (cosas de magos), hasta llegar al muelle treinta y tres, el muelle donde nos esperaba el barco de Alcatraz. Os recomiendo que no gastéis batería haciendo fotos desde la embarcación (a lo mejor a la isla, pero ni eso) ya que desde la cárcel se pueden hacer algunas instantáneas increíbles de la ciudad de San Francisco y su skyline.

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Al llegar a la isla lo primero que te encuentras es un gran grupo de personas que espera para volver. Detrás de ellos uno de los trabajadores, ataviado como un guarda de prisiones, explica un poco el funcionamiento de las visitas y cómo era la llegada de los presos allí. Aprovechamos para comprar un par de botellas de agua en la tienda de souvenirs que hay en la entrada y comenzamos (como no) a subir cuesta arriba hacia la cárcel. Al llegar a la entrada aproveché para ir al baño mientras mis amigos solicitaban las audio-guías. He de decir, y no se si lo habré comentado ya, que todos los baños a los que he ido en Estados Unidos están impolutos. No llegan al nivel de los de Japón… pero ya querríamos en España que estuviesen así, hasta el baño más pequeño (como fue el caso de éste, que era enano) está como una patena.

Accedí saltándome la cola a donde estaban mis compañeros, entre las miradas de rencor de otros turistas, y comenzamos el tour. El audio-guía está bastante trabajado, incluso el de la versión española (puedes alternar entre idiomas), y te va guiando paso a paso sin que tengas que tocar nada del dispositivo. Te va diciendo: “avance hasta la esquina, deténgase frente a tal y cual…” y te cuenta la historia de la prisión a través de uno de los antiguos alguaciles, con testimonios reales de presos, otros guardas,algunos trabajadores, etc. De la visita diré que merece la pena hacerla, te puedes meter en las celdas, zonas de aislamiento, la biblioteca, cabinas de visita, cuarto de guardias; en todos lados. Y desde la torre de vigilancia, junto al caserón donde vivían las familias de los guardias y el alcaide, se tienen las mejores vistas de San Francisco.

Estuvimos en la isla cerca de dos horas y media. Una hora y poco de visita, otro rato haciéndonos fotos, y una hora más grabando con Borja algo de magia para su canal de YouTube. Después cogimos al vuelo uno de los barcos (en el que entramos por poco, debido a su capacidad) y navegamos apresurados hacia el puerto, teníamos que atravesar la ciudad hasta Oakland e íbamos tarde. Solicitamos un Uber XL que nos recogió en el mismo muelle (el mismo que nos recogió en el Goldengate el día anterior, aunque no se acordaba de nosotros) y nos llevó volando al Oracle Arena, íbamos a ver a los Golden State Warriors, el mejor equipo de la NBA según muchos; el conjunto de Curry y Durant.

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El estadio es increíble, está justo al lado del O.co Coliseum, casa de los Oakland Athletics, (béisbol), gracias Google por tu información. El suelo vibraba, la gente animada (de ambos equipos, aunque en su mayoría de los “Warriors”) cantaba y charlaba acerca de cómo creían que quedaría el resultado. Allí hay mucho más sentido del deporte y de la sana competencia que aquí, donde cada fin de semana hay algún titular de radicales del fútbol montando el numerito. Os recomiendo que NO llevéis mochila, ya que cuesta 10$ dejarla en las taquillas hasta después del partido, y está prohibido acceder con ellas al recinto. Resulta llamativo los controles de seguridad que hay en todos los eventos públicos de este país, siempre hay que pasar por arcos detectores y te hacen dejar todo lo que lleves en los bolsillos, incluido papel, en unas bandejas.

Tras los controles de seguridad accedimos por la puerta asignada a nuestros asientos. Antes de contaros ésto debéis de saber que no soy nada aficionado (por lo general) a los deportes de equipo, soy muy amante de las artes marciales, de los deportes de contacto etc. y no me gusta nada el fútbol. Dicho ésto, continuamos. Al entrar por la puerta se me encogió el corazón, miles de personas gritando, coreando, en un lugar prodigioso que me recordaba a un auditorio. Las luces, los juegos de colores, las pantallas que colgaban del techo… todo me hacía vibrar. Habíamos llegado justo a tiempo, en el momento que ocupamos nuestros asientos lanzaron el balón hacia arriba para empezar el partido. Los hinchas gritaban organizados, al ritmo de “de-fense” cuando defendían y coreaban a a Stephen Curry, quien no paraba de dirigir a su equipo y anotar triples y mates, cuando atacaban. Los Orlando Magic no tuvieron nada que hacer, ya desde el primer cuarto empezaron perdiendo por cerca de treinta puntos.

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La gente levantaba el trasero del asiento cada vez que lanzaban un tiro de tres, y gritaban con fuerza si el balón entraba en el aro. En cada descanso y en cada tiempo muerto salían personas a la pista a actuar, las animadoras con los pompones, e incluso competiciones de gente del público en las que sorteaban coches, dinero y privilegios que daban los patrocinadores. Un hombre se llevó 5000$, otro perdió la oportunidad de llevarse un BMW último modelo, hubo una carrera de coches tele-dirigidos… todo un espectáculo. A diferencia del estadio de fútbol, que es al descubierto, las condiciones de los de baloncesto les obligan a ser cubiertos, por lo que no se pasa frío. Y, ésto es muy importante, hay decenas de restaurantes de comida rápida para matar el hambre, en lugar del triste bocadillo por 5 eurazos que te dan en las cantinas españolas. Todo el mundo (incluido yo, sólo por motivos puramente periodísticos) carga con bandejas del tamaño de un portafolios en las que llevan hamburguesas, bocadillos americanos, patatas fritas, pollo, burritos… etc. Una de estas bandejas de comida cuesta alrededor de 15$, y viene mucha comida. También nos dieron a todos los del estadio una camiseta gratis de los Warriors patrocinada por BMW. Disfruté como un enano.

A la salida nos recogió otro Uber y nos marchamos al hotel, éste había sido el último día completo en San Francisco de Borja, y mi penúltimo día en la ciudad.

Disculpad el retraso, tengo mucho trabajo ya en casa por el tiempo que he estado fuera… y además un “jet lag” que no me deja ni escribir correctamente.

Espero que hayáis disfrutado,

¡Nos vamos leyendo!

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