Nunca me he considerado una persona que se ande demasiado por las ramas, jamás. De hecho me gusta ser directo y conciso, suelo decir lo que me gusta y lo que no; independientemente de que al resto le agrade. Y siempre he sido así, hasta hace poco que he cambiado algo. Me he dado cuenta de que, en los últimos años, no me ha ido demasiado bien con ese sistema, y la razón es muy sencilla: a nuestra generación no le gusta la verdad, sólo las media-verdades. Lo detesto.

Recuerdo que cuando tenía dieciséis años y me gustaba una chica, era muy sencillo; simplemente iba y se lo decía:”Oye, sé que nos estamos conociendo y tal… pero me gustas, podríamos salir un día”. Hoy hay que tener cuatro doctorados y dos masters en redes sociales, presumir de una imagen que puede no ser la tuya e iniciar el bombardeo mediático para atraer su atención. Y todo eso para que luego quizás no te guste tanto.

Por otro lado, más allá de las relaciones, tenemos a las amistades que te preguntan, te dicen que seas sincero y luego no te dirigen la palabra o no se lo toman bien cuando les respondes. OJO, digo amistades. Los amigos de verdad, en cambio, sí las toleran (aunque a veces no les guste) y normalmente las tienen en cuenta; son los únicos (junto con tu pareja y familia) a los que les puedes/debes hablar con franqueza. Ésto me hace pensar que quizás la sinceridad que tenemos, y el descaro o capacidad de ser directos con alguien, viene dada con el nivel de cercanía: a más amigos más te digo que no me gustas; totalmente contradictorio.

Aquí es cuando he creado este maravilloso concepto: la falsa cultura de la meritocracia social. Pensamos que, para triunfar en cualquier aspecto de la vida, hay que ir cumpliendo con las personas, acumulando méritos como si fuesen fichas para luego gastarlas en un favor. Pasamos demasiado tiempo intentando agradar a las personas, ideando personalidades que detestamos (o que ni siquiera nos hemos planteado que tenemos) para poder seguir acumulando estas fichas. Una vez tenemos un buen montón toca ver si las podemos canjear en esa ocasión, cómo podemos hacerlo y si las podemos cambiar por otras de alguna otra persona. Ejemplo: quiero ir a la fiesta de A dentro de seis meses, me trabajo la amistad de B porque pienso que A no me va a escuchar, gano méritos de B, le pido a B que me invite a la fiesta de A. Absurdo. Lo fácil y sencillo que sería ir a hablar con A y pedirle que te invite a la fiesta; pero da miedo que te digan que no. No sabemos aceptar que igual que existe el sí, existe el no. Y que ésto no es malo, es la otra respuesta sin más, no te va a invitar a su fiesta y no te vas a morir por no ir.

El gran problema de la meritocracia social, un sistema a priori válido y que funciona, es que incurre demasiado en la imagen física, y por ello está roto. Muchos estaréis pensando, a estas alturas del texto, que la personalidad directa es la que hace que podamos saltarnos las escalas de méritos y pasar a un segundo nivel, es correcto en teoría. El reflejo de la sociedad dice que Tinder es más exitosa en temas de “enlaces” sociales que Facebook. Al igual que Instagram ¿Por qué? Porque a nadie le importa en realidad quién eres. En Facebook tenemos demasiadas distracciones, compartimos demasiada información que nos delata, dice qué nos gusta y qué clase de persona somos. Como ya dije, ésto normalmente es lo que menos importa, es más sencillo hacer méritos en una foto dándole un corazoncito y comentando <Guapa eres “joia”> que leyendo un texto que esa persona haya escrito con el corazón, respondiendo a una llamada de auxilio o acudiendo en un momento de necesidad.

Por suerte nos quedan los amigos. Y, aunque ha cambiado la forma de hacerlos, aunque ahora casi siempre, y digo casi, se utilice el sistema de la meritocracia social, llega el momento en que esa persona nos acaba conociendo y le gustamos; más allá de qué foto hemos subido o de si nos hemos ido a San Francisco de vacaciones. Simplemente nos ama. Por ello, aunque vivamos en el periodo del máximo esplendor del “postureo”, estamos (aún) en un momento en el que la amistad y el amor importan, aunque haya cambiado la forma de llegar a ellos. Todo se verá (espero que no).

Hasta aquí mi reflexión del viernes.

¡Nos vamos leyendo!

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