A muchos os sonará este título de entrada, la verdad es que es un homenaje a uno de mis libros predilectos, un ensayo del gran Haruki Murakami en el que habla acerca de todo lo que se pasa por su cabeza cuando sale a correr cada día. Proceso creativo, cómo limpia la mente, qué ocurre cada vez que se cruza con alguien… etc.

En este blog (hace tres semanas que no escribo entradas de blog) voy a intentar explicar un poco el por qué escribo, de dónde me viene la inspiración y si, como me habéis preguntado, todo lo que escribo, palabra por palabra, es cien por cien verídico y me ha ocurrido. Espero poder resolver todas estas dudas y alguna que otra más, mandadme por privado o por los comentarios temas y preguntas para futuras entradas.

¿Por qué escribo?

Ésta es una magnífica pregunta. Supongo que al igual que hago deporte, trabajo, me relaciono con el entorno… y en general vivo, pues también escribo. Simplemente lo necesito. No lo puedo comparar a respirar o a comer y beber, son funciones vitales que no se pueden controlar, pero sí a cualquiera que esté sujeta a elección personal. Para mí, pasar más de tres días sin dejar algo de tinta en cualquier medio de comunicación escrito (en incluso visual a veces, véase mi instagram diario) es similar a cuando llevas demasiado tiempo en silencio. Es igual a cuando llevas meses practicando un discurso, trabajando en una entrega y tienes que dejarlo salir. Igual que cuando el pecho te oprime, te falta el aire, se te seca la boca, dices “te quiero” por primera vez. Es natural, es obligatorio, es humano.

Escribo porque desde que aprendí a leer se me quedó corto. Escribo porque con cuatro años le dije a mi madre que me enseñase a entintar su nombre; el mío es demasiado corto. Escribo porque cada palabra es como una sonrisa y como una lágrima, como un sentimiento que lanzo al aire esperando a que lo recoja la persona adecuada; escribo porque cada entrada (aunque no lo diga) va dedicada a alguien, normalmente muy querido, de las personas que me rodean. Escribo porque se me da mejor que hablar, porque hay muchas veces que no me atrevo a hablar; escribo porque soy valiente para que me leáis cientos (y miles) y cobarde para que me lean algunas personas.

¿Cuál es el proceso creativo que sigo? ¿Es verídico todo lo que escribo?

Antes de nada quiero dar las gracias a Crystal Mendoza (una lectora) por esta pregunta, nunca antes me había planteado mi propia cadena de pensamientos desde que se forma la semilla hasta que se consolida en un texto.

Como todo en esta vida, empieza con un estímulo. Muchos que lleváis ya un año leyéndome (gracias) sabéis que soy un enamorado de dos temas: la libertad y el amor. Pienso que son los sentimientos clave para poder ser felices en esta vida. El amor a uno mismo, la libertad para elegir, saber cuándo dar tu tiempo a alguien, amar libremente, el amor sano y el amor del pasado.

Ese estímulo suele radicar de alguna conversación, de alguna inquietud propia que deriva de la experiencia de algún conocido o de algún amigo. También de las situaciones que os suceden, de problemas o agradecimientos que me expresáis. Y otras muchas tantas provienen de experiencias directas, de un choque emocional o de sentimientos que no sé cómo explicar. Esto último me está costando un poco más de la cuenta ya que, como sabéis, Miguel Sendai es un seudónimo, pero ya hay bastantes personas cercanas a mí que están descubriendo mi identidad. A veces no me siento tan libre de escribir; últimamente le estoy echando más valor del habitual para poder hablar de mis sentimientos.

Entonces, teniendo cualquiera de esos dos estímulos, también cuando escucho canciones nuevas que mueven algo dentro de mí o cuando leo, se genera una semilla en mi pensamiento. En ese mismo instante, sea en la situación en la que sea, formo una frase que englobe el contenido de lo que quiero plasmar y la repito dentro de mi cabeza como un loro hasta que pueda escribirla. Una vez escrita pasa a mi lista de temas pendientes, la cual es bastante larga. Depende de cómo me palpite el pecho, y de mi estado de ánimo, entra arriba como “temas urgentes” o se queda más abajo.

Finalmente el día estipulado, el día que me sienta inspirado para hablar de dicho asunto, me pongo frente al ordenador (o a una libreta a veces, soy muy fan de las libretas, tengo cinco que uso simultáneamente) y empiezo a escribir todo lo que se me pasa por la mente. Al concluir intento darle una estructura coherente, elimino restos que no dicen nada, añado ciertos aspectos para pulir y programo la publicación. Éste es el proceso normal, como ejemplo os dejo mi entrada del domingo: Nunca es tarde.

El esquema fue: salir con amigos-charlar a la vuelta con un gran amigo-problema que le pasa por la mente-mi contra propuesta-escribe la idea-al día siguiente ponerlo todo en orden tras reflexionar-publicar al día siguiente.

Y ahora os voy a hablar de cuando escribo con el corazón, cuando tengo que dejarlo salir o explotar;  partir mi alma en pedazos o fortalecerla con la palabra escrita. Normalmente estos textos no son los más frecuentes, no soy una persona que se impacte con facilidad; aunque sí que soy bastante sensible a estímulos externos. Para mí un impacto supone un vuelco, aunque sólo dure unos segundos, de mi vida y de mi momento. El último año todo había tenido que ver con el recuerdo, con el pasado; hasta una noche que salí a cenar con unos amigos. Esa noche pasó lo inesperado, me quedé totalmente fuera de combate con una simple mirada. Pasé las cinco horas nocturnas que quedaban en vela, escribiendo y pensando en ésto.

Dos meses después me vuelvo a ver en esa situación, pero aquí hay trampa. Este texto está inspirado en esa noche de bar, pero para nada sucedió así ni esperaba que hubiese pasado de esta forma. Simplemente es una manera de articular mi pensamiento para dar rienda suelta a mi imaginación y a lo que albergaba en el corazón esa noche.

Aunque os sorprenda, aunque nos refiramos en primera persona: los escritores rara vez escribimos una situación que nos ha sucedido, aunque sí que es cierto que nuestros escritos son el reflejo de nuestra alma y de nuestros sentimientos. Es algo que quizás los más amateur no entendáis, pero es así. No somos redactores de diarios, somos contadores de historias, exponemos sentimientos a flor de piel.

El proceso creativo de esta clase de textos es más sencillo, aunque requiere mucha sinceridad con uno mismo y conocerse bien. La cadena de “montaje” fue: salir una noche-escuchar a Ed Sheeran-verla-no poder retener mis estímulos-pasar la velada trabándome al hablar como si tuviese doce años-mirarle a los ojos profundamente-volver a casa-abrirme en canal delante del ordenador-publicar. Como veis no requirió planificación alguna, simplemente había que dejarlo salir.

Hasta aquí el blog de hoy. Espero que os haya gustado y os haya ayudado a conocerme un poco más.

Aprovecho para dar un AVISOLa semana que viene, como cada año, no estaré atento a las redes sociales desde el domingo NUEVE hasta el domingo DIECISÉIS, aunque sí que escribiré en la página. Es una desintoxicación informativa que me doy dos veces al año.

Gracias por seguirme y acompañarme día a día. Como siempre podéis compartir cualquiera de mis entradas, siempre que no sea con fines lucrativos.

¡Nos vamos leyendo!

Un comentario en “Blog VIII: De qué hablo cuando hablo de escribir.

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