Tras la barra el mundo cambia. No se ve igual, es diferente; es hostil, acosador y sucio. Órdenes por aquí, comandas por allá, el borracho de turno. Diferente, duro y da miedo. O así lo ve Marga, todo el día en la trinchera, pensando en si podrá reunir el dinero suficiente para volar, para dejarlo todo y emigrar a un lugar mejor, un lugar donde ser publicista le permita ser feliz, o al menos intentarlo.

Suena la campanilla, otro cliente en la frontera. Marga, indiferente ante la entrada del individuo, sigue terminando de hacer el café que le ha pedido la mesa dos. El desconocido avanza con paso seguro recorriendo el suelo hidráulico de la cafetería, entre olor a café, dulces y una ligera humedad hacia la barra, la gente empieza a murmurar temerosa. El calibre 45 de su mano y un cigarro humeante en sus labios encañonan directamente la espalda de la camarera, que sigue indiferente pensando en París, en una buhardilla en el barrio latino, en una vida mejor. El atracador golpea dos veces con el puño del arma en la barra para llamar su atención mientras tose estrepitosamente. Ahora sí, Marga se gira fingiendo la sonrisa más grande que puede, como siempre, hasta que alcanza a ver al desconocido y el pecho se le encoge. La taza de café cae al suelo y se rompe en mil pedazos. Empieza el caos.  Todos los clientes empiezan a gritar y a levantarse en dirección a la salida, cuando un segundo hombre enmascarado con un antifaz, que simula a El Zorro, entra por la puerta con una escopeta recortada apuntando a las personas que se agolpan y luchan por salir. Al percatarse del segundo atracador entran en pánico y comienzan a correr, como pollos sin cabeza, por todo el local. La gente, cuando está acorralada, hace cosas muy estúpidas, o eso piensa Margarita mientras se esfuerza por mantenerse de pie. El atracador que hay frente a ella tiene cara de toxicómano, con la mandíbula desencajada ríe a carcajadas y se recoge el cabello largo, graso y negro con la mano detrás de su bulbosa oreja, en la cual se adivina un aro dorado colgando del lóbulo. El hombre, con una voz más ronca que Sabina, le extiende una bolsa de basura al ritmo de un “Ya sabes lo que tienes que hacer”. Marga traga saliva y agarra con su mano temblorosa la bolsa.

El atracador de la escopeta comienza a hablar fuertemente, casi a grito pelado. “Hagan el favor de volver a sus sitios y de dejar todos sus teléfonos, carteras y demás pertenencias encima de cada mesa. Ahora procederé a recogerlos amablemente. Si a alguien se le ocurre manipular el teléfono aunque sólo sea para mirar la hora… bueno, han visto Narcos entiendo, plomo para todos.” La multitud quedó en silencio y comenzó a procesionar cual autómatas hacia sus asientos, aunque algún lamento se escapaba, procedieron a ir cumpliendo con las demandas del filibustero de la escopeta. Mientras tanto, la compañera de Marga: Isa, se orinaba encima al notar la mirada del toxicómano sobre su cuerpo y se arrodillaba llorando sobre una caja de refrescos. El pistolero la agarró por el pelo para levantarla y la encañonó mientras ella gritaba por el dolor y el miedo. Su pantalón apretado tenía las marcas del orín y las lágrimas, el atracador tiró de ella desde su espalda agarrando su entrepierna. La joven gritó y forcejeó por salir de esa situación, Marga mientras tanto llenaba la bolsa con el poco dinero que había en la caja. El Zorro se acercó a su compañero, una vez había recogido todo y le susurró algo al oído. El toxicómano, como movido por un resorte, soltó la vagina de Isa y se dirigió hacia Marga, a la que agarró del cuello y le puso la pistola en la sien. “Ya sabes lo que queremos, deja de recoger el estúpido dinero y llévanos hacia allá” A Marga le dio un vuelco el corazón.

Sabía perfectamente a lo que se refería, querían ir al despacho de su jefe, pero sabía que eso le podría traer consecuencias fatales. Conocía perfectamente a qué se dedicaba su jefe, cuales eran sus verdaderos negocios. Por otro lado, la idea de una muerte a manos del mismo se le antojaba más remota que un disparo instantáneo en la sien. Por lo que comenzó a caminar en silencio en dirección a la trastienda, el atracador la siguió con su risa balbuceante. Al atravesar la puerta, cuyo resorte cerró automáticamente, bajó el arma. “Bueno chica, ¿Ahora por donde?” le dijo. A lo que Marga respondió un escueto “No” mientras notaba como se le aceleraba el ritmo cardíaco. El atracador, confundido, miró hacia los lados y se percató de una cámara que le apuntaba directamente a él. Se medió tapó la cara, levantó el arma y empujó con el cañón la cabeza de la camarera para que continuase por el pasillo.

Tras atraversarlo llegaron ante una puerta con un cristal y un cartelito que rezaba “Encargado”. Marga giró el pomo de la puerta, sin éxito, estaba cerrada. Forcejeó un poco con el mismo pero nada. El toxicómano comenzó a ponerse nervioso, ella lo notaba en el constante tembleque de su arma que acariciaba su cabello como si de la Parca se tratase. “Lo siento, no se abre”. El atracador la empujó bruscamente contra la pared y golpeó el cristal con el puño del arma, éste se rompió al instante. Entonces giró el pestillo y abrió la puerta. “¿Ves? No era tan difícil… Ahora, ¿Dónde está?” Marga se encogió y señaló hacia una esquina que tenía un pequeño mueble de madera. Su captor la obligó a sentarse en una silla con ruedas y a mantener las manos contra la pared mientras forcejeaba con el mueble intentando abrirlo. Tras él se encontraba una caja fuerte cuya única debilidad visible parecía ser el ojo de una cerradura, cerradura la cual necesitaría una llave, llave que él no tenía. Ésta fue la cadena de pensamientos que siguió el atracador hasta decidir que lo mejor era volver a encañonar a Marga. “La llave” dijo simplemente entre sesgos de ira. Marga tragó saliva.

En su cabeza sólo estaba París, y el sena. El poco tiempo que estuvo allí estudiando con una beca, todo lo que aprendió, Pierre, el chico del que se enamoró y ese inconfundible olor parisino; fresco y dulce. Cada vez estaba más cerca. “Tira de la puertecilla, debería de estar abierta” dijo Marga con una voz que parecía una plegaria más que una certeza. El toxicómano agachado, que parecía un cerdo escarbando en un lodazal, la miró incrédulo. Se giró y agarró la cerradura con el dedo meñique, al tirar de ella se abrió; como bien había dicho Marga. Ésta soltó un suspiro de alivio y relajó sus hombros. El hombre recogió todo lo que había en la caja y lo metió en una bolsa, varios bloques envueltos en plástico, cocaína. Por lo menos habría diez kilos. Cuando terminó de guardarla toda volvió a por Marga. “Nos vamos.”

En el otro lado, El Zorro ya había terminado de guardar todo lo que encontró en su bolsa y apuntaba a una señora mayor que le había dicho que era un imbécil y un malnacido, él le insultaba y le increpaba insultos acerca de su edad, estaba muy alterado. El toxicómano salió por la puerta y señaló al Zorro diciendo “Ya está, nos vamos”. Empujó a Marga contra la barra y le dijo que se estuviese allí quietecita, ella mientras tanto saboreaba ya un cruasán en su cerebro, estaba cerca, ya casi había pasado la tempestad. El Zorro se acercó a su compañero y le susurró algo al oído, discutieron brevemente y el toxicómano acabó llamando a Marga de nuevo, “Te vienes con nosotros” dijo ante la mirada atónita de todos los de la cafetería. “Si a alguien se le ocurre llamar a la policía, si nos persigue algún coche, la mato y se acabó.” Y ahora, mirando a los ojos de Marga dijo “Pongo tu vida en manos de la solidaridad de esta gente, es un buen estudio social ¿Eh?” Soltó una gran carcajada y empujó a la chica por la puerta hacia afuera. Justo frente a la misma esperaba un viejo ford aparcado. El Zorro gritó algo más hacia dentro del local y salió siguiendo a la presa, que estaba ya sentada en el asiento de detrás. Se sentó al lado mientras su compañero aceleraba y emprendían la huida. Marga podía ver ya la buhardilla, La Latina.

“Bueno, no ha ido nada pero que nada mal.” Dijo el toxicómano mientras conducía. “La chica nos ha sido de lo más útil, ¿Verdad Óscar?” El Zorro asintió y la tomó por los hombros, sonriente. Ella esbozó una media sonrisa para complacerle y volvió a su mundo interior, no quería estar allí, y el corazón le latía a toda velocidad; estaba cerca de ser libre. El toxicómano giró en un callejón del polígono industrial por el que estaban pasando y detuvo el coche. “Bueno, ahora es cuando tú te vas y nosotros no te matamos.” Dijo El Zorro. “Sí, gracias por el trabajo.” Argumentó el toxicómano también. Marga comenzó a reír. “Sabía que ésto iba a suceder… por lo que vengo preparada.” Sin mediar palabra alguna, y ante la mirada atónita de los dos atracadores, abrió la puerta del coche con la mano izquierda, mientras introducía la derecha por debajo de su camisa hasta notar el frío tacto de su arma, que se encontraba en una pistolera bajo el brazo. Con un rápido movimiento, que había entrenado durante semanas, disparó en la cabeza al Zorro por debajo de su brazo y giró la cadera para disparar varias veces también al sosprendido y asustado toxicómano. Marga notó como el cañón le quemaba la axila, pero no le importó.

Se bajó del coche, aturdida por el sonido de los disparos, y se dirigió al asiento delantero, salpicado de sesos. Casi no pudo resistir las ganas de vomitar ante tan dantesco escenario. Agarró la bolsa como pudo y extrajo tres de los bloques, se dirigió entonces hacia el final del callejón, donde había preparado una pequeña caja bajo una rejilla de desagüe y en la que introdujo los bloques. Tres eran suficientes, no había que ser avaricioso. Volvió al coche y llamó a su jefe con su móvil, al sacarlo de la bolsa. Le explicó todo lo que había sucedido, cambiando algunos detalles: ella no sabía nada y los dos ladrones se habían detenido a darle algo a un hombre en la calle. También que llevaba el arma desde el día que él tuvo lo que llamaron “el problemilla” con unos individuos en la trastienda. El jefe le dijo que se calmase, que iba hacia allá y que él se encargaba de encubrirla, que había hecho un buen trabajo. Sonriendo, colgó el teléfono.

Ya estaba en París.

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