Hace unos meses estuve en un conocido pub de mi ciudad, uno de esos que pone tanto cafés, como música hasta las ocho de la mañana. Y, en las meditaciones que me asaltan diariamente a todas horas, se me ocurrió la idea de escribir acerca de diferentes personas. Concretamente hoy, de una chica que permanecía en una de las barras callada y serena, observando el panorama como si se tratase de un ente ajeno al mismo. Su mirada impasible barría el territorio, como si ella no perteneciese a este mundo, como si estuviese por encima de todas las cosas; menos por encima del dinero que le reportaría el estar allí unas horas ciertas noches. Si alguien se acercaba a pedir una bebida, el gesto cambiaba. En el lugar de la mirada de eterna esfinge, se tornaba cálida y alegre, el suficiente tiempo en el que el cliente pedía su brebaje y continuaba con otra cosa; volvía entonces su yo original. Rondaban las seis de la madrugada, cuando una mezcla de alcohol y curiosidad acerca de los misterios que tendría para desentrañar tal ser humano, me empujó a acercarme hacia ella. No tenía intención de ninguna otra cosa que no fuese la de saber quién estaba detrás de ese dios Jano.

A cada paso vi como dejaba el móvil en su mesita, junto a la vieja caja registradora y su rostro se volvía con una sonrisa, que dejaba su oculta verdad atrás. El ambiente que nos rodeaba era un parque, fresco a esas horas de la noche de julio, verde y puro y se acertaba a oler la humedad que desprende el río Guadalquivir a su paso. Algo de ruido en el ambiente, y una música que iba menguando mientras anunciaban el pronto final de la fiesta eran nuestro coro de fondo. Y yo, embriagado de emoción, no acertaba a encontrar la palabra adecuada para no parecer que estaba intentando ligar con ella, algo que hoy en día cuesta demasiado. Abro un pequeño paréntesis: no todos los hombres, cuando nos acercamos a una mujer, tenemos las mismas intenciones dentro.

“¿Hola? ¿Querías algo?” Me preguntó tras varios segundos en la barra. Yo seguía perdido en mis mundos mentales, luchando por vencer a la timidez y a la embriaguez para poder hablarle. Ella torció el gesto, incrédula arqueaba una ceja mientras dejaba caer su peso en su mano, apoyada en la cintura convenientemente. Unos segundo más, incómodos, pasaron. Ella, supongo que cansada de esperar se comenzó a girar para volver a su mundo, a pensar que otro imbécil más, otro borracho que no acertaba a hablar, se había acercado a ella para nada, quizás sólo para babosear. Y se encendió el motor de combustión de mi cerebro, ¡Arranca, idiota! ¡Que te estás a punto de perderte algo grande! Me dije. “¿Que historia hay detrás de esos ojos que juzgan tras el púlpito?” Ella se giró hacia mí de nuevo con un gesto que mostraba sorpresa y algo de miedo.

-¿Perdona? -contestó incrédula, posiblemente ante la certeza de que la persona que tenía delante estaba aún más borracha de lo que ella imaginaba, o quizás que sería la forma más extraña con la que le habían intentado ligar nunca.

-Sí perdona, deja que me explique… Llevo un rato observándote. Sin que suene a acoso -especifiqué al ver que la sorpresa, efectivamente, se iba tornando más en miedo y asco. -Verás, me encanta mirar a las personas, sus gestos y lo que esconden. La historia de cada uno de los pasos que les han llevado a donde están en ese momento. Por ejemplo, tú escondes algo tras tu mirada, cuando no estás atendiendo a alguien, más allá de que no te guste este trabajo…

-Me gusta mi trabajo. -me cortó. -Y creo que, mal que bien, entiendo lo que dices.

Eso sí que no me lo esperaba. De alguna forma esperaba un rechazo inmediato a la conversación, a saber que podía descubrir de aquella persona tras la barra. Así que me animé y emocioné, manteniendo a raya a mi embriaguez, me entregué íntegramente al diálogo.

-¡Qué sorpresa! -Exclamé, mientras ella adoptaba una postura de comodidad apoyada en la barra, me miraba con inquietud. -Verás, mucho me equivocaría contigo si no te gustase a ti también la observación de las personas. Personas, animales, cosas, situaciones… etc. y quisiera saber lo que te pregunté antes, ¿Quién está dentro de la camarera que sirve copas en este lugar?

-Sólo un ser humano más en la lucha por la supervivencia. El sueño de llegar al lugar al que quiero, aunque no de la manera que me gustaría. -matizó mientras entre la curiosidad se escapaba una mirada de soslayo, ahí estaba la historia.

-Cuéntame más, por favor, quiero saberlo.

-Y, ¿Qué quieres saber exactamente? -preguntó.

-Todo, cuéntamelo todo.

Ella se acomodó en la barra. Llevaba una camisa negra abierta, levemente escotada, que dejaba lucir un colgante plateado entre sus pechos. Un pantalón vaquero negro, de tiro alto, estilizaba su cintura. No alcancé a ver sus zapatos. El pelo azabache suelto coronaba sus hombros. Una sola pulsera, también de plata, adornaba su muñeca y contrastaba con la fina cadena de su elegante cuello. De sus ojos verdes se desprendía una curiosa mirada que acentuaba la sombra de ojos, y de sus labios en carmesí colgaba una tímida sonrisa divertida.

-Es la primera vez que me veo en esta situación. -rió. -Pues no sabría por dónde empezar, quizás deberías contarme algo de ti primero para sentirme más cómoda. Siempre me han dicho que no hable con desconocidos. -Concretó burlona.

-Pues no sabes lo que te pierdes, los desconocidos son todo historias y experiencias por conocer… -Le contesté. -Igualmente, no te diré mi nombre aún. Pero ya te digo que soy escritor, y que cuento las historias que me rondan la cabeza, a todas las personas que estén dispuestas a escucharlas. -Le di un sorbo a mi copa.

-¿Y escribes y entrevistas siempre borracho? -Levantó una ceja mientras cambiaba de posición. -No pareces muy profesional.

-La verdad es que es la primera vez en mi vida que me atrevo a hacer ésto como tal… -dije riendo. -Venga, te ayudo. ¿Cómo calificarías a la persona “media” que atiendes cada noche?

-En una palabra: rara. -Dijo tras meditarlo unos segundos. Yo le daba un sorbo a mi copa. -No te atragantes, que ya te digo el por qué. -Matizó al ver que yo luchaba por responder y beber al mismo tiempo. -¿Nunca te ha pasado que te sientes como que no perteneces a un lugar? -inquirió buscando una mirada cómplice, la cual le concedí. -Pues es a lo que me refiero. ¿Qué le pasa a la gente? Salen, beben, se reproducen y mueren. Parece que poca gente sale a disfrutar, conocer, experimentar… y no, no hablo sólo de drogas o sexo. Hablo de lo que estás haciendo tú, de hablarle a un desconocido que no te quieres llevar a la cama, hablo del placer de una buena conversación, de la experiencia y la adrenalina que supone un nuevo contacto… hablo de vivir la vida desde el prisma que no te enseñan, que no te cuentan. -Agachó la cabeza y pausó su discurso unos segundos, supe que debía esperar. Tomó aire y me miró de nuevo. -Hablo de que me hablen sin esperar que estén ligando conmigo, de hablarle a alguien sin que piense que quiero sacar algo de ella o de él, de que no todo es sexo o conveniencia.

Yo asentía sin decir palabra alguna, absorto por todo lo que decía, porque quizás todas las personas nos ceñimos a estereotipos sociales y acabamos teniendo conversaciones intrascendentes en situaciones que pasarán a nuestra historia sin pena ni gloria. Pero aquello que decía aquella chica, tenía mucho sentido. No alcanzo a recordar cuantas veces no le he hablado a una persona por miedo a lo que pensará de mí, a que crea que simplemente quiero algo de ella; o a algún otro que ha llamado mi atención, que parece interesante o que está practicando algún deporte que me gusta. Siempre acabo hablando con las personas cuando tengo una justificación para hacerlo, una excusa; parece que no pueda sociabilizar por el simple hecho de cumplir con una de nuestras funciones más primitivas, la de seres sociales. Todo aquello tenía mucho sentido, cada palabra y cada gesto. Había merecido la pena atreverme a hablar con ella. La chica ahora guardaba silencio, miraba hacia el cielo y seguramente estaría reflexionando acerca de todo lo que me había contado. Yo por mi parte le di otro sorbo a mi aguada ginebra y me esforcé por memorizar cada palabra y sentimiento que asomaban entre las experiencias de ese día, y de la fiesta en la que estaba. Tras un minuto que me pareció una vida a toda velocidad, continué con mis preguntas.

-Me encanta tu forma de pensar, aunque creo que eso ya lo sabes. -Le dije, mientras que ella reaccionaba como un resorte, parecía feliz. Su cara ahora mostraba un gesto de paz, como si hubiese conseguido decir al mundo algo que llevaba mucho tiempo reprimiendo. -¿Te puedo hacer otra pregunta? -Ella asintió sonriendo. -¿Cuánta gente te ha pedido alguna vez tu número de teléfono? -me miró con incredulidad y una sonrisa burlona.

-¿Y esa pregunta? ¿Quieres mi número?

-La verdad es que no. -Dije entre risas. -Creo que ya estoy enamorado de alguien… es porque me ha surgido la duda: hasta qué punto una chica como tú le da el número de teléfono a desconocidos. -Ella suspiró, parecía aliviada

-Por un momento he pensado que ésta era la forma más original que ha tenido alguien para ligar conmigo. Pues mira, mi número de teléfono me lo habrán pedido cuatro o cinco personas a lo sumo, de los cuales a tres les ignoré y a los otros dos les mandé al carajo tras intercambiar un par de minutos de conversación. Si me preguntas por cuántas personas me han pedido el instagram no sabría decirte el número, pero más de cien… en lo que va de verano.

Se giró para atender a un cliente mientras yo seguía inmerso en su mundo. Aún me quedaba una pregunta importante por hacerle, una que sabía que ella también estaba esperando. El sol empezaba a bañar con uno de sus rayos el cielo, ahora naranja. El parque empezaba a oler a humedad y se intensificó un poco la sensación de frío matinal. Las personas iban marchando, cual autómatas en dirección hacia la salida y mis compañeros (todos del trabajo) empezaban a desfilar también hacia sus hogares, ya que en apenas dos horas tendríamos que vernos las caras en la oficina. Mi nueva amiga, la camarera, volvió junto a mí con una copa en la mano. “Invita la casa” me dijo. Yo sonreí y la acepté dándole un sorbo, era una ginebra de alta calidad, aunque no sabría decir cual.

-Una última pregunta y te dejo en paz. -Le dije. -¿Quién eres? Y no me refiero a tu nombre, ni a tu trabajo. Me refiero a quién eres en realidad.

Ella se quedó un poco confusa y me pidió un momento para contestar. Se mesó el pelo y clavó sus ojos en los míos directamente, creo que podía ver mi alma con tan solo hacer eso. Luego miró hacia el infinito paraíso áureo que había sobre nuestras cabezas y se mantuvo así durante unos segundos. A la altura de mis ojos, su escote. Me sentí un poco incómodo, por lo que bajé la mirada hacia mi vaso y comencé a juguetear dándole vueltas al hielo.

-Supongo que sólo soy una chica que busca cumplir con los sueños que le van saliendo al paso en cada momento de su vida. Ahora mismo estoy terminando mi carrera, historia del arte, y espero marcharme a París el año que viene e intentaré abrirme paso por allí. Mi sentido de la vida está en constante movimiento, apenas creo que sea la misma persona que cuando empezamos a hablar. -me contestó llevándose una mano a la nuca.

Yo asentí con la cabeza sonriendo y le di otro trago a mi regalo. Ella me devolvió la sonrisa una vez más. La esfinge se había transformado, ahora parecía ser un ente diferente, una diosa de poderosa voluntad y personalidad, vida interior y mucho que aportar al mundo. “Espera” me dijo. Se giró hacia la caja unos segundos y buscó algo por allí, cerca de la caja registradora. Manipuló algún elemento que no alcancé a ver durante algunos segundos y se acercó de nuevo a mí.

-Sin malos pensamientos, este es mi número. – Dijo tendiéndome una tarjeta del local con su teléfono garabateado mientras miraba tímidamente lo que me ofrecía.

-Con que Sonia, ¿Eh?. -Contesté, a lo que ella sacudió la cabeza elegantemente asintiendo.

Yo soy Miguel, encantado.

Tras eso le di dos besos y conversamos un rato más acerca del mundo, hasta que el sol se hallaba ya en el cielo y su encargado la llamó para que empezase a recoger, mientras tanto, mis compañeros de trabajo venían a por mí y nos echaban de la terraza. Nos despedimos con un adiós cálido, sabiendo que era poco posible que nos volviésemos a encontrar por el camino; y seis meses después así ha sido. Yo no la llamé, es más, perdí su tarjeta incluso antes de llegar a casa. Tampoco la echo de menos. Fue un rato maravilloso en el que conocí a una persona nueva, una vida diferente y observé una doble evolución (por su parte y por la mía) de dos personas diferentes anteriores a un suceso que posiblemente no olvidemos ninguno de los dos en un largo tiempo. Aunque sí que es verdad que me quedé con la curiosidad de saber por qué le gustaba su trabajo. Supongo que, como observadora pasiva de la historia de la evolución artística del mundo, le encantaba imaginar y ver en qué momento nos encontramos ahora mismo; aunque me quedaré con la intriga, de momento para siempre.

Y hasta aquí la historia de Sonia, pronto más.

Un saludo y, como siempre…

¡Nos vamos leyendo!

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