Corría el año 1998 cuando entró, como cada noche, en el café bar Jamaica, tras una larga jornada de trabajo. Con los pies calados se esmeraba en frotar los sucios zapatos una y otra vez con el felpudo, mientras las gotas caían de los extremos de su gabardina y se perdían entre los surcos de felpa. Con un gesto delicado fue desabronchándose uno a uno todos los botones de la misma, hasta quitársela por completo, con sumo cuidado de no mojar la poca ropa seca que le quedaba bajo la misma, era un trabajo difícil. Una vez dejó la gabardina en el perchero, procedió a tomar el mismo asiento en el que se sentaba también cada mañana, a la hora del café. Era un lunes por la noche y la estancia estaba tranquila. Algunas personas se agrupaban en un par de mesas alejadas, junto a la cristalera que remataba la cafetería y por donde se podía apreciar perfectamente la tormentosa noche a la que no estaban acostumbrados los sevillanos. Un relámpago cruzó el cielo y la vida se detuvo un segundo, mientras apreciaban la luz blanca que todo lo bañó. Detrás de la barra larga que marcaba la frontera entre el hambre y el confort, se encontraba el camarero atareado, luchando con la máquina de café entre masculladas e improperios, hasta que consiguió arrancarla, y un profundo olor a café inundó la estancia. Dos señores mayores, que jugaban a las cartas en una esquina, dejaron lo que estaban haciendo para felicitarle con un aplauso a los que él respondió con una sonrisa.

José esperaba con anhelo una copa del brebaje caliente, algo que hiciese resucitar a sus manos blancas y congeladas, que se esmeraban por darse calor entre ellas, en vano. El camarero le sirvió una taza, sin que se lo pidiese él, como ya era costumbre cada noche. Abrazándola con todos los dedos, casi estrangulándola, levantó la taza y dio un sorbo que le quemó el alma, pero le calentó el espíritu. Otra noche más se encontraba allí sentado, a la espera de que se le ocurriese alguna noticia para salvarle la semana, cualquier cosa. Cómo periodista no podía estar en sequía, y menos siendo prácticamente nuevo en el periódico, su editor no le dejaba en paz nunca, vivía para trabajar. Entraba en la redacción a las ocho de la mañana cada día y salía a las nueve y media de la noche, media hora más tarde se sentaba en la cafetería y pedía su café de siempre y el aliño del día; solo entonces se marchaba a su casa, justo en el edificio de enfrente, en un barrio residencial de la ciudad, casi a las afueras. Revisó, mientras el camarero le traía unas “papas aliñás”, su Alcatel, para comprobar que no tenía más llamadas del trabajo y vio que estaba apagado una vez más. Se levantó de la silla y cogió un pequeño paquete de pilas que tenía en la gabardina, y se las cambió al teléfono. Se sentó otra vez en su banco y devoró con fiereza el pequeño plato que había ante él.

La puerta de la entrada se abrió con fuerza y dejó entrar una ráfaga de frío polar a la que acompañaban pequeñas gotas de lluvia, que arrastradas por la tormenta golpearon el cogote de los sentados en la barra. Accedió al Jamaica un hombre alto, ataviado con un viejo abrigo largo encapuchado y una bufanda que le cubría la cara. José se giró curioso, al ver que casi todo el café, incluido el camarero, le miraban sin apenas pestañear. El hombre se quitó el enorme abrigo y lo colgó, empapado aún, junto a la gabardina del periodista. Se frotó el largo y enmarañado pelo y se descubrió el rostro al desembarazarse de la bufanda, dando a mostrar una barba desaliñada, unos ojos negros penetrantes y un rostro, en general, más correspondiente a un hombre de cromañón que al de alguien del siglo XX. José se giró y le dio un sorbo al café, cansado y somnoliento se regodeaba en el calor que le aportaba su bebida. Se recostó sobre sus brazos y suspiró mientras su mente, en un alarde de ingenio barato, le recitaba “de nuevo en la brecha, amigos míos” de Shakespeare, como si no quisiese desconectar, como si no supiese hacerlo. El gigante recién llegado tomó asiento junto a él y pidió un café solo al vuelo, mostrando una profunda voz ronca propia de una vida larga y entendida, parecida a la de Sabina, aunque mucho más grave. Tras servirle el café, ambos individuos se mantuvieron en silencio, a pesar de que José se giró para mirarle fijamente; no entendía que hacía a su lado cuando la larguísima barra estaba prácticamente vacía, a falta de un asiento, ocupado por un caballero que bebía una cerveza y miraba la prensa.

Inquieto, José continuó mirándole descaradamente, en parte molesto por la falta de espacio vital, y por otra con gran curiosidad acerca de la historia que podría albergar tan variopinto personaje. ¿Quién había tras aquella barba? ¿Tras aquellas greñas?

-Si quieres te lo cuento. -Dijo mientras miraba hacia más allá de la barra, como si sus ojos buscasen consuelo en una de las varias botellas de whisky que había ante él.

-¿Me habla a mí? -Inquirió el periodista sin dar crédito a lo que estaba oyendo.

-Claro que te hablo a ti… si te preguntas que cómo sé en qué estás pensando, te diré que llevas varios minutos mirándome; y no es la primera vez que me pasa. -Sorbió un poco de café y suspiró dejando salir el vapor.

Absorto aún, el periodista no parecía estar demasiado atento a lo que el gran hombre le decía. En su lugar se quedó observando un tatuaje que le asomaba bajo la camisa remangada, por encima del antebrazo izquierdo, algo que le sonaba de haber visto en alguna parte aunque, en ese momento, no recordaba exactamente donde. El desconocido sonrió y se cubrió el brazo de nuevo. Por lo que José salió de su estado hipnótico y comenzó a mirarle directamente a los ojos, viendo que tenía unos marcados surcos en los ojos y en la cara, lo que de lejos antes le habían parecido achaques de la edad, ahora se tornaban en un nuevo misterio. Era un hombre joven y grande, aunque esas marcas le hacían parecer un veterano, alguien que había recorrido el mundo, que tenía decenas de años acumulados, cuando apenas rondaría los treinta.

-Te contaré la historia del tatuaje. -Le dijo mientras se terminaba el café. -Aunque más adelante, hoy empezaré por el principio. Ínvítame a otro café y a un pastel; y lo sabrás todo.

“¿Hoy?” -Se dijo. No sabía aún que aquella historia no sería como la de cualquier otra persona, aún no sabía en donde se estaba metiendo; en un lugar que le cambiaría su forma de percibir el mundo, su forma de entenderlo todo. El desconocido aún sonreía y reposó su cabeza sobre su mano, apoyando el codo en la barra. La amplia sonrisa en su rostro denotaba paz y ternura, por alguna razón, aquel hombre que parecía haber luchado en mil batallas, parecía querer hablar con el periodista y hacerle partícipe de su vida. José meditó durante unos segundos lo que haría, aunque sabía que no perdía nada y si conocía a aquella persona a fondo, coleccionaría y atesoraría otra historia más.

-Sírvame dos cafés más y un trozo de tarta, por favor. -Dijo levantando la mano y llamando al camarero. Entonces se giró hacia el desconocido y con una sonrisa burlona, tras terminarse su café, le dijo: Un trozo de tarta por un trozo de tu vida, es más que justo.

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