El desconocido mordisqueó ansioso el trozo de tarta de chocolate que le ofrecía el camarero del Jamaica. La pequeña cuchara, junto a su gran mano, parecía aún más pequeña. Y los diminutos pedazos de tarta que entraban en su boca, apenas se asemejaban a migajas o pepitas de chocolate para una persona de tamaño normal. Podía superar fácilmente los dos metros, aunque no era algo que impactase a José, el cual esperaba ansioso mientras sorbía de la taza el café. Tras algunos minutos, el desconocido terminó su banquete y se limpió la boca con una servilleta. A pesar de su aspecto tosco, el hombre tenía unos modales que rozaban el del ambiente de una cena de gala, con gran refinamiento. Colocó la servilleta con delicadeza, doblada cuidadosamente en el margen del plato, bebió un poco de café y suspiró sonriente, la tarta parecía haberle satisfecho.

-¿Por dónde debería empezar? -Dijo.

-¿Qué tal por tu nombre? -Contestó José, recomponiendo un poco su postura y girándose hacia él.

-El tema es más complejo de lo que piensas… he tenido muchos, incluso habré olvidado alguno que otro. -Parecía que con cada palabra se perdía, como si viajase ciento de años atrás. En sus ojos se podía apreciar un universo de recuerdos, rememorando cada uno de los nombres. -Supongo que puedes llamarme Mann, así me llaman los pocos que me conocen ahora. Antes de empezar, me remontaré a la historia de otro hombre, una que es imprescindible para entender la mía. -Dijo mesándose la barba y aclarando a José que debería ponerse cómodo.

-¿Te importa si lo grabo todo? -El periodista puso una pequeña grabadora encima de la mesa. -No la encenderé hasta que aceptes, tranquilo. -Dijo al ver que Mann se movía incómodo.

A pesar del gesto, el gigante no objetó cosa alguna, por lo que José se levantó y, una vez más, sacó el pequeño paquete de pilas sueltas que llevaba en el bolsillo de la gabardina. Cuidadosamente introdujo dos de las baterías en la ranura del dispositivo y las encerró con la pequeña tapa. Pulsó entonces un botón y abrió la carcasa de la cinta, la cual sacó y revisó para ver que aún le quedase memoria suficiente. Asintió con la cabeza y la introdujo rápidamente, cerró la tapa y pulsó el botón de grabar. Se encendió entonces una luz roja y la cinta comenzó a girar lentamente, con un sonido sordo y reconfortante.

-Historia de una vida, parte uno. Mann, el desconocido del Jamaica comienza. -Dijo colocando suavemente la grabadora cerca de Mann y dándole paso con la mano.

-Todo los que voy a contar, todo lo que voy a decir y cada dato que voy a dar… es verídico al cien por cien. Muchas veces me tacharás de mentiroso, de falso o me dirás que algo es imposible; pero te equivocarás. Antes de empezar debes de saber que la mía no ha sido una vida corriente, que no te voy a contar toda mi historia y que debes de tener la mente abierta. -Enunció Mann muy serio y carraspeó profundamente. José tragó saliva y se limitó a asentir con la cabeza.

Comenzó, entonces, Mann a contar su historia.

Antes de todo ésto, de esta época y de las épocas más recientes de los hombres, hubo una que se caracterizó por un cambio de lo que entonces se consideraba el mundo conocido. Una parte de la historia que supuso el inicio desconocido de una de las creencias más antigua de los hombres. Se encontraba entonces el joven Tutmosis en Menfis, la ciudad más gloriosa que ha podido ver Egipto en toda su existencia. El faraón era, por aquel entonces, Amenhotep III, y reinaba en un periodo de prosperidad y paz que había procurado su padre.

Tutmosis era el Sumo Sacerdote del templo de Ptah. El más espectacular de los templos imaginados. Era tan grande que ocupaba más que la propia ciudad y rendía tributo al padre de los dioses. Caminaba en dirección a Menfis junto a uno de sus sacerdotes y a un viajero del templo de Amón en Karnak, ambos hombres de confianza. Seheret y Tephamon, como se llamaban, iban hablando amistosamente con él acerca de lo impresionante de los magníficos colosos de granito que custodiaban la puerta este del templo. Tutmosis respondía alegre que él mismo los había restaurado junto a los artesanos de Ptah; pues era un amante de la artesanía y de la escultura.

Aquel era un día importante en Menfis. El faraón vendría para el culto y jubileo del Dios Ptah y la ciudad se preparaba para recibirle. El Sumo Sacerdote acudía a terminar de preparar todo, él acompañaría a Amenhotep durante todo el camino desde la entrada de Menfis hasta la misma cámara del Dios.

Este faraón no era conocido por ser el hombre más inteligente, aunque tampoco se le podían cuestionar sus decisiones, pues era un dios encarnado. Era famoso en Tebas, ciudad en la que vivía, por ser un mujeriego cuyas únicas visitas internacionales y por dentro del Imperio se limitaban a la búsqueda de mujeres para su harén… aunque no podía faltar a los ritos de los dioses más sagrados, y hoy era uno de los imperdibles, ya que, el patrón de los artesanos y arquitectos era Ptah, y a ningún faraón le gustaría morir en una tumba modesta, y saben los dioses que la suya fue de las más ostentosas. Tutmosis, ya preparado, esperaba frente a la puerta del Sur de Menfis.

El sol azotaba sin piedad la ciudad. El Sumo Sacerdote oteaba en el horizonte arenoso el camino, pero no encontraba signo alguno del faraón aún. El imponente sol golpeaba su cabeza rapada, y sus ropajes empezaban a provocarle un gran calor. Con tan solo un gesto de la mano, un joven ataviado sólo con una túnica, que le cubría desde la cintura hasta las rodillas, se apresuró junto con otros dos a cubrir a Tutmosis con un parasol. A la izquierda del sacerdote, y un paso por detrás, se encontraba Tephamon. A su derecha Seheret, el cual conversaba con su homólogo acerca de un halcón que volaba cerca de allí, observando toda la escena. Se esmeraban por buscarle un sentido, quizás el dios Ra hubiese acudido también a la ceremonia de Ptah, sin duda debía de ser un día grande para los dioses mayores. Un sonido de cascos de caballo rompió la conversación, los guardias de la ciudad ordenaron a los habitantes, que se reunían alrededor de la calle principal, que guardasen silencio, el enviado del faraón había llegado para anunciar que Éste acababa de desembarcar y estaba a pocos kilómetros de camino. Tutmosis comenzó a ponerse muy nervioso, y una gota de sudor frío le recorrió toda la nuca y el cuello hasta perderse por dentro de su ropa. Hacía un año que no veía al faraón, a su padre.

La entrada del rey de Egipto fue triunfal. Atravesó las puertas de la ciudad subido en unos palanquines de gran tamaño, cargado por ocho mozos fuertes y cubierto por una tela que le protegía del sol, entre la cual se podía adivinar su figura. Delante de él, a caballo, viajaba su hijo menor Amenofis, el cual apenas se dignaba a mirar hacia los plebeyos que se inclinaban al paso de su faraón. Un poderoso séquito de soldados armados y protegidos por armaduras de cuero, ligeras para el viaje, custodiaba el cortejo. Y lo encabezaba un séquito de sirvientes que abrían paso al Dios con pétalos de plantas y grandes abanicos.

Tutmosis se acercó a recibir a su hermano, al cual abrazó y congratuló con palabras de bienvenida, a lo que éste, severo, apenas movió un brazo para saludarle. Ambos conversaron de camino hacia el templo de Ptah. La charla giró en torno al palacio de Malkata, que había tenido problemas últimamente por los “radicales de Amón”, como Amenofis los definió. Durante la misma, Tephamon se mostró abiertamente molesto, aunque sin decir nada, pues era del Dios a quien él rendía culto de quien Amenofis hablaba irrespetuosamente.

-Veo que sigues rodeándote de esta chusma de Amón. -Dijo Amenofis señalando con la mirada de desprecio hacia el sacerdote de Karnak.

-Hermano, todos los dioses tienen su función. Tan importante es Atón, Dios al que Padre y tú rendís un culto predilecto, como Ptah o Amón. -Contestó Tutmosis. -La clara prueba es que el faraón está aquí para rendirle homenaje al Padre de todos los dioses.

-Padre es fiel a Atón, sólo quiere tener al pueblo contento. Supongo que sabes acerca de las revueltas que acontecen últimamente en Tebas… los ciudadanos se revelan, instigados por el Alto Clero de Amón. Amenazan a Padre, a nuestro Dios. Nuestro abuelo no debería de haberles dado tal poder. Espero que, cuando seas faraón, te encargues de ellos como se merecen. -Amenofis parecía muy enfadado mientras hablaba acerca de los sacerdotes de Amón, cerró el puño con fuerza y señaló con el dedo pulgar por encima del hombro a Tephamon, como conteniéndose para no desenvainar su espada y acabar con su vida.

El faraón, a la entrada sur del gran templo de Ptah, entreabrió las cortinas de delante y observó la imponente entrada. Una poderosa figura antropomórfica y zoológica le miraba tumbada e impasible, desde lo alto de su lecho de piedra. La poderosa y gigantesca esfinge, construida por su padre y su abuelo le daba la bienvenida. Miró levemente hacia abajo y halló a sus hijos, que mantenían una charla que no alcanzaba a escuchar. Volvió a cerrar la tela y se dispuso a prepararse para el culto.

El cortejo avanzó por el patio y giró hacia el este, pasando por los palacios de los reyes y hasta llegar a la antesala del Santuario del Dios, donde la marcha se detuvo. A las órdenes de Amenofis bajaron al faraón hasta una altura en la que pudo poner los pies sin problemas en el suelo y los soldados, que custodiaban el cortejo, se abrieron formando un semicírculo, permitiendo así una protección íntegra de su señor. Una vez incorporado el faraón se paró a observar Hout-ka-Ptah y toda la gran reforma que su padre y él habían llevado a cabo. El santuario lucía mejor que nunca, o eso pensaba. El faraón caminó hacia sus hijos, y saludó a Tutmosis poniéndole una mano sobre el hombro. Caminó hacia la entrada del santuario, con paso lento y seguro, hacia la casa de Ptah.

Por el camino, el Sumo Sacerdote iba indicándole todos los cambios ya terminados en el santuario, y le mostró algunas de las nuevas estatuas del dios y del faraón que él mismo había tallado en piedra y que custodiaban la cámara de Ptah. El faraón asentía y dejaba que su nemes emitiese pequeños destellos de sol y lapislázuli los cuales se reflejaban en la gran habitación color esmeralda, una rica estancia labrada en el más verde de los basaltos. El techo estaba a cinco metros de altura, conformado, en contrapunto con los muros, de enormes sillares rojos. Finalmente llegó a la puerta, cerrada con una cuerda y un sello, y se detuvo. Los soldados esperaban fuera y Amenofis, aunque a disgusto, también tendría que hacerlo, ya que sólo el faraón y el Sumo Sacerdote del templo podían acceder a ver y honrar al Dios. El hijo menor del faraón saludó a su padre con respeto y dio algunos pasos hacia detrás para permitir el comienzo del ritual.

En el centro de la estancia, previa al sello, se encontraba una gran hoguera rodeada de pequeñas vasijas que emitían un profundo olor a incienso y, Tutmosis comenzó a dar vueltas alrededor de la misma llenando sus manos y pies de esencia mientras murmuraba una oración para purificarse. Una vez terminado, se unión al faraón, que estuvo en silencio con los ojos cerrados unos segundos, hasta que finalmente comenzó a enunciar el himno de Ptah. En el mismo, el Sumo Sacerdote a veces repetía las palabras de su padre, y en otras guardaba silencio. Amenofis suspiraba con desprecio el los momentos en los que el faraón hablaba de Ptah como el padre de los dioses, como creador de Atón, entre muchos otros. Amenhotep III rompió la cuerda con su espada y retiró el selló con sus manos. Tutmosis abrió la puerta y ambos accedieron a la cámara del Dios.

El pequeño recinto húmedo estaba oscuro, a excepción de una pequeña lámpara que brillaba junto a la cabeza de Ptah. El Sumo Sacerdote se dispuso a encender todas las antorchas y el faraón llevó a cabo los ritos de cambio de ropa del Dios, acomodamiento y limpieza del mismo y finalmente la ofrenda de los alimentos que a él le llevaban. Mientras tanto, adoraban a Ptah y repetían las antiquísimas oraciones y los ritos. Ambos se detuvieron entonces unos minutos, sin dejar de mirar al Dios fijamente y en silencio, como esperando la aprobación del mismo por el buen trabajo que habían hecho. La estancia, ahora iluminada y llena de alimentos ricos, vino joven y leche recién ordeñada, lucía totalmente diferente. Inundada por el olor a incienso, parecía efectivamente el lugar de reposo de un Dios. La gran estatua se encontraba de pie, mirándoles con sus ojos almendrados de piedra. Su larga barba casi tocaba el poderoso cayado que, entre sus manos, tocaba el suelo.

En silencio, el faraón y su hijo fueron colocando todos los alimentos de manera adecuada en los enseres para comer. Se sentaron entonces alrededor de la mesa de piedra, a la izquierda y derecha de Ptah y comenzaron a comerse todos los alimentos y a beberse el vino. No hubo palabra alguna durante toda la comida, ni siquiera elogios o sonidos de aprobación ante tales alimentos. Una vez terminaron el faraón se levantó y se colocó de espaldas a la puerta de entrada, donde comenzó a rezar.

Tutmosis fue apagando una a una las antorchas. Todas excepto una pequeña llama junto a Ptah. Se colocó a la derecha del faraón y ambos se mantuvieron en silencio, sin dejar de mirar el rostro poco iluminado del Dios. Los minutos se sucedieron lentos, y Tutmosis, extrañado, dirigió una mirada de reojo hacia su lado, el faraón lloraba en silencio.

-Hijo mío, lo he visto. He visto el futuro. -Dijo con voz entrecortada. -He visto que moriré en cuanto viaje a Luxor, dentro de tres años… no me queda más remedio, Amón me lo ha contado. -Amenhotep, con lágrimas en los ojos, seguía mirando hacia Ptah, sin apartar la mirada del rostro del Dios.

-Padre, ¿Por qué dices eso? Aún eres joven, ese presagio que has…

-Hijo, no serás faraón. -Le interrumpió. -Tu hermano Amenofis ha conspirado en mi contra y también en la tuya. El culto a Atón se está haciendo fuerte, por culpa de mi ineptitud, y pretende terminar con todo… pero no temas. No hables ahora y sólo escucha. -Tragó saliva y continuó. -Mi muerte está anunciada, el Dios me la ha revelado. Pero tú puedes sobrevivir y sobrevivirás. No para derrotar a tu hermano ni para buscar venganza, lo harás para que Amón sea reinstaurado en su trono, y lucharás por ello. Viajarás, en cuanto yo parta, en secreto junto a tu amigo, el sacerdote Tephamon, y ambos encontraréis al Gran Maestro de Amón, él te dirá qué hacer. Recuerda que tú eres el heredero legítimo al trono de Egipto y que todos los dioses, incluido Atón, te protegerán en tu camino. Ahora reza conmigo, pues esta noche será la última vez que nos veamos. No volveremos a hablar de ésto. Cualquier respuesta que necesites, búscala en tus rezos a los dioses.

Padre e hijo, aún llorando, entablaron de nuevo el himno de Ptah, el hermoso himno que hablaba sobre nacimiento, creación, amor y esperanza; para un momento que representaba la muerte, el final, el odio y la desdicha. Luego rogaron al Dios por el futuro de Tutmosis y de todo Egipto. Sin dejar de mirar el rostro de la gran estatua, comenzaron a caminar de espaldas, hasta alcanzar la puerta, por la que salieron dispuestos a enfrentar sus destinos.

Un comentario en “Historia de una vida. Capítulo 2: La historia de Mann.

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